De chupachús y preguntas

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No seré yo quien reste mérito a esa lumbrera que, en un alarde de creatividad, decidió que ponerle un palo a un caramelo pegajoso era una buena idea. De que lo era no me cabe la menor duda, ya que he sido una consumidora obsesiva de Chupa Chups (chupachús de toda la vida) desde que tengo uso de razón o mejor dicho: desde los 15 años, edad en la cual mi madre consideró que el chupachús había dejado de ser (tan) peligroso para mi persona y pude descubrir por mí misma las bondades del dulcecillo de marras.

Y es que por algo yo insisto, cuando se me pregunta, en que nadie le dé ese tipo de caramelos a mi hija. ¿Por qué? Pues (debates sobre los valores nutritivos del Chupa Chups aparte) porque es un calvario, un agobio, un espanto, una mierrrrrda auténtica tener un rato libre para pasear al aire libre con tu hija y que alguien te lo estampine poniéndole ante su golosa boca y sus deseosos ojos un caramelo de esos, sin envoltorio (o con él, pero Eva ya sabe milagrosamente-porque-yo-nunca-se-lo-he-enseñado que hay que quitárselo para que mole y entra en barrena si no lo hago, y yo no tengo alma para decirle que no viendo ese brillo, esa ilusión, esa esperanza en su mirada). Un caramelo preparadito para que ella se lo coma o mejor dicho, para que ella lo reboce por toda su ropa, su cara, sus manos y parte del carrito, llenándolo todo de esa pegunte propia de los caramelos así como del Super Glue, mientras yo elevo mis oraciones al santísimo para que el caramelo del demonio no provoque una desgracia.

chupachups

El caramelo, que por lo visto acaba de cumplir 55 años según dice la Cadena Ser, web de la que he sacado esta foto.

Sí, lo sé, parece una chorrada y habrá quien me llame exagerada… pero hasta que uno no lo vive no se da cuenta de la sensación acongojante que acompaña a cualquier madre o padre en los minutos que tarda su hijo o hija de dos años en comerse un maldito caramelo duro con palo (y no me quiero imaginar sin él), o lo que es lo mismo, los minutos que tardan ellos, los padres, en buscar algo, cualquier cosa, con la que distraer al niño o niña para quitarle el caramelo sin que el disgusto le cause un trauma de esos que al principio no se notan, pero que a los 20 le pasan factura en forma de resentimiento, depresión, egoísmo u obesidad mórbida.

Y, como decía, por eso yo insisto en que nadie le dé un caramelo de esos a mi hija… repito: cuando se me pregunta.

Porque manda muchos huevos, con perdón, que nos pasemos el día entero desde que nos levantamos hasta que nos acostamos recogiendo peligros potenciales del suelo tales como botones, monedas o piedrecitas, que nos preocupemos de esconder los botes de lejía y los medicamentos en el estante más alto del armario con más llaves de la habitación con más pestillos de la casa; que nos tiremos más tiempo separando las espinas del pescado que cocinándolo; que tengamos todos los muebles desgraciados con acolchamientos tapaesquinas DIY (léase: cualquier cosa blanda pegada con cinta de embalar), manda muchos huevos, decía, que hagamos todo eso en aras de una mayor seguridad para nuestros diminutos, y que luego venga un pobre hombre o mujer con la mejor de las intenciones y le plante a la nena en la mano un caramelo duro como una piedra, con el tamaño ideal para incrustarse en el esófago ni parriba ni pabajo, con un único dispositivo de seguridad para evitar un ahogamiento casi seguro que consiste en un palito de 10 centímetros.

Y que conste que, quitando la paranoia de los últimos meses de embarazo y primeros postparto, yo soy de esas madres de la vieja escuela. Bueno, al menos en parte: paso largamente de esterilizar tetinas, de escandalizarme porque la niña lloriquee durante 5 minutos, de vigilarla tan de cerca que ni siquiera roce el suelo cuando se cae o de considerar el carrito y el no-porteo una señal evidente de desapego. Soy de las que piensan que un cachete, no, pero un buen bocinazo a tiempo ataja muchas payasadas, y que hay un enorme número de padres que los merecen más que sus hijos, sí, esos hijos que se meten por dentro de la barra de un bar, ponen la zancadilla a los camareros y tiran comida al suelo mientras sus progenitores les ríen las gracias.

Pero sigo a lo que iba, que me voy del tema: señoras y señores, cuando se vean en la obligación moral, social, protocolaria o de cualquier otra índole, de ofrecer a un niño pequeño una golosina, y más si es un Chupa Chups, PREGUNTEN. Pero no al niño, no: pregunten si el crío puede tomar eso, y a poder ser sin que el niño se entere, a sus padres o acompañantes mayores, responsables y capaces, es decir, a los que se encargarán la siguiente media hora como mínimo de limpiar con kleenex, con toallitas o con aguarrás la pegunte que va a dejar el jodid* caramelo, los que van a tener los ojos pegados en todo momento al palo sostenido por la trémula y pegajosa mano del niño, los que van a pasarse esos 30 minutos rezando a todos los dioses del universo para que no sea precisamente ese el Chupa Chups defectuoso que se desprenda del palo y vaya gargantita de su hijo abajo provocándole uno de los mayores sustos que puede llevarse uno en su vida; los que buscarán desesperadamente juguetables, columpios con arnés o cualquier otra golosina menos mala que pueda hacer que su hijo o hija se olvide del chupachups y centre su volátil pero decisiva atención en ella.

Evidentemente, si preguntan, los padres les dirán que gracias pero no, gracias…

Voy terminando, que tengo que bañar a Eva urgentemente: tiene restos de gusanitos hasta por dentro del body (con algo tenía que entretenerla mientras le quitaba el chupachús…)

12 Comentarios

  1. Noemí

    Esto es para hacerlo manifiesto. En otros países es impensable darle cosas a los niños sin preguntar a los padres pero aquí…anda que no he tenido yo discusiones con las señoras mayores en los parques…
    Qué manía tienen…en qué compromiso nos ponen. Yo jamás doy nada sin preguntar en un aparte al padre. Porque esa es otra…algunos te preguntan con el niño y el caramelo delante. Llorera asegurada. Ay.

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    • Blan

      Esa es la coña… yo no dudo que lo hagan con la mejor de las intenciones, pero como decía un señor que conocí: de buenas intenciones también están llenos los cementerios… o era de buenas ideas? jajaj en fin. Un beso Noe!

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  2. Beatriz Brasa Arias

    Totalmente de acuerdo Blanca! En la farmacia tenemos piruletas (sin azúcar y sin gluten, pero igualmente pegajosas) para regalar a los niños, y yo siempre pregunto por lo bajinis a los papás si le puedo dar una al peque… Jaime no toma, la verdad es que no le gustan demasiado los dulces, aunque últimamente ha descubierto el chocolate (“cotate”) y también se pringa que es una monada 😉 Un besiño guapis!

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    • Blan

      Sí, cuando mi madre tenía la farma también tenía esas piruletas, me acuerdo de robarlas a escondidas, como si fueran monedas de oro 😛 Eva se comió el chupachús ese ansiosamente y eso que era de los de limón, que saben a rayos! jeje pilla uno de fresa y la c*gamos…
      Muaaa!

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  3. Maribel

    jajajaja!!!! tengo la misma sensación cuando les dan caramelos a mis enanos, porque soy bastante histérica de los “ahogamientos” (con todo, no sólo con caramelos), además de lo perdidos que se ponen… Y tienes toda la razón, la gente no pregunta… puf, me pongo de los nervios cuando digo: “no, esos caramelos duros, no” (jejeje, me miran como a una histérica, pero bueno… es que lo soy!)
    Un beso!! 🙂

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  4. Miryam

    Tienes toda la razón, Blanca. Muy pocas veces me han preguntado a mi discretamente antes si podían dárselo. Un desatino!
    Un beso!

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  5. Pasucoapasuco

    Verdad como un templo!!! Aunque no se qué llevo peor, que la gente de cosas a los niños sin preguntar a los padres primero, o que se pasen por el forro tu opinión cuando si que preguntan antes, tu dices que no, “no puede comer eso” y te sueltan un “que si mujer, toma nene que por una vez no pasa nada”, y se quedan tan anchos. Eso me supera!! Besos

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    • Jane

      I agree with kasmslo. And that dress is lovely. The plunge back was coleletpmy unexpected in a very pleasant way when contrasted to the pretty modest front. Also: Man Ray tats!

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  6. jezabelr

    Ay Blan…a mí me dan pánico pero reconozco que Vega sí los ha comido, eso sí, si quiere comer chupachús, sentadita en el carro, banco o donde sea…nada de correr con ese arma en la mano.

    Sabes a qué tengo yo miedo, fruto del acojone de mi madre, a los kikos. No los comí hasta bien mayorcita…y la verdad es que no me gustan. Pero si a alguien se le ocurre ofrecer algo así a Vega salto como una pantera. NO, NO, NOOOOO…que un vecino mío murió atragantado por un kiko….

    Muuuak

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  7. Eva

    Pues no me había planteado yo lo “peligroso” que puede llegar a ser un chupachups jejeje Será que estoy todavía en época gusanitos…Pero lo que sí me molesta enormemente es que no pregunten. Ayer me tuve que subir a Vera histérica a casa porque vio a dos niños comerse una bolsa gigante de gusanitos (y tendrían 15 meses…) ¿Cenan eso?

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  8. Mady

    Bueno, bueno , bueno. Pero hasta tíos raros a los que pego una voz antes de dejar que le acerque eso a mis hijas (no sé si asusto más a mis hijas o al tío que se lo ofrece) pero vamos, que es indignante!!!!! Odio los chupachuses!!!!

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