Son los padres

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reyesSSLM. Todavía recuerdo la cara de aquel niño. Tenía el pelo a lo cepillo y un diente roto, y vestía habitualmente un chándal azul oscuro. Ya no llevaba mandilón porque iba un curso por encima, y tenía fama de pelearse con los de su clase y de sacar muy malas notas… al menos, todo lo malas que pueden ser las notas en la guardería. A los más pequeños, si no lográbamos escondernos a tiempo, nos tiraba del pelo y de las orejas cuando tenía oportunidad. Era un trasto, un demonio, el terror de los parvulitos. Y le encantaba serlo.

Fue él quien aprovechó un momento de aburrimiento en el recreo de una fría mañana de enero para reunir a un puñado de diminutejos de 5 o 6 años, entre los que yo me encontraba, y soltarnos la bomba: “Los Reyes Magos no existen“. No recuerdo bien cuál fue mi reacción, ni la de los demás pequeños que escucharon aquella devastadora noticia junto a mí, pero imagino que nos miramos entre nosotros con interrogantes dibujados en las pupilas. “¿Cómo no van a existir? ¿de dónde salen entonces todos los regalos?“, recuerdo haberme preguntado a mí misma.

Entonces, llevada por la emoción y con el valor que da el desengaño, le eché un par y le pregunté: “¿Por qué dices eso, cómo lo sabes?“. En mi recuerdo de esa conversación, tan nítido como si hubiera tenido lugar esta misma mañana, el segundo que pasó entre que yo pregunté y el matoncillo contestó fue eterno. Dudó, me miró con suficiencia, me agarró la coleta y, cuando yo ya pensaba que me haría volar hasta el tejado de la guardería, decidió perdonarme la vida y simplemente, afirmó: “Mira que eres tonta: los Reyes Magos no existen, ¡porque son tus padres!”.

Es bastante frecuente que alguien con la mejor intención meta la pata de forma estrepitosa y termina causando con sus acciones mucho más mal que bien. En este caso fue exactamente al revés, lo cual no se ve a menudo. La intención de ese niño odioso y maleducado no era buena, ni mucho menos: pretendía dejarnos a todos patidifusos con la noticia, buscaba ser él quien tuviera el dudoso honor de escupir en nuestras diminutas caras la amarga verdad, quien nos abriera dolorosamente los ojos a esa cruda realidad que, mejor tarde que temprano, todos los niños terminan por descubrir. Y puede que con el resto de infantes, los que junto a mí le contemplaban, temblorosos, embutidos en sus mandilones de colores y con restos de galleta en la barbilla, puede que con ellos le funcionara.

Pero no conmigo.

Para mí, la afirmación de ese malhechor en miniatura supuso toda una revelación, una inyección de vitalidad, orgullo e ilusión que él jamás hubiera sospechado, buscado ni deseado en su pequeño y humilde público aquella mañana de enero. Y es que yo, inocente de mí, creí literalmente lo que me había dicho: “los Reyes no existen porque son tus padres“. Los Reyes Magos, los que llevaban juguetes a todos los niños del mundo, los que viajaban en camello durante toda la noche del 5 al 6 de enero visitando salones, dejando regalos, comiendo turrón y bebiendo los vasitos de leche que los niños les dejaban, esos Reyes, eran sola y exclusivamente mis padres. Qué tíos.

arbolRecuerdo pasarme días pensando en lo genial que era eso de que mis padres, y no otros, fueran los encargados de llevar regalos a todos los niños del mundo. Estaba claro que eran ellos, los Padres Magos, ¿cómo no lo había pensado antes? Todo encajaba: por eso siempre salían “a tomar algo” la noche de Reyes; por eso estaban tan cansados a la mañana siguiente, y por eso papá siempre sabía a dónde había que mirar en el cielo para ver la Estrella de Oriente. Seguramente no lo hacían público, y se escondían tras la conocida figura (ficticia) de tres Reyes Magos, para que la gente no se tirase en plancha a ellos por la calle, para que los demás niños no estuvieran celosos de nosotros, o simplemente porque, como cualquier superhéroe que se precie, querían ocultar su identidad real y fingir que eran personas normales a los ojos del mundo.

Y así transcurrieron otros cuatro o cinco años en los que viví inmersa la más dulce de las inocencias, creyendo realmente que mis padres eran los Padres Magos, los auténticos reyes magos de oriente, guardándoles el secreto, y sonriendo interiormente cada vez que alguien me hablaba de Sus Majestades, como pensando para mí “inocente de ti, que no sabes la verdad como la sé yo“. Los años pasaron y, poco a poco, fui dándome cuenta de que esa asombrosa creencia también tenía más de fantasía que de realidad… pero nadie, ni siquiera el matoncillo de patio de recreo, me pudo ya quitar lo bailado.

Y ahora es a mí a quien le toca ejercer de superhéroe, desempeñar nuestro papel como buenos Padres Magos. Así que os dejo y me pongo al lío, ¡que la noche es joven pero hay mucho curro!

Que tengáis una buenísima noche de Reyes… o de Padres Magos ;)

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