Lo que era que no y fue que sí (II)

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SSLM. “¡Más no, que luego no cenas!”

Siempre digo lo mismo, pero es que es verdad: la vida es cíclica. Las madres de niñas pequeñas de hoy, en su día, también fuimos niñas pequeñas, hijas a su vez de las madres que hoy son abuelas. Esto, que parece un jeroglífico, podría ser una buena explicación a ese fenómeno que se da cada vez que abro la boca para decirle algo a mi hija, y de ella, de mi boca, sale una de esas frases de madres de toda la vida… pero en mi caso, la explicación no es tan sencilla. ¿Por qué? Porque mi madre no dice frases de madre. Bueno, algunas sí, pero no son las típicas frases de madre, sino que son las típicas frases de “mi” madre. En otro post os hablaré de ellas.

A lo que iba: yo considero que en mi caso, es mi subconsciente el que me tiende la trampa y pone en mi boca frases que escuché por ahí, a señoras del barrio o a madres de los que eran mis compañeros del cole… o peor, a lo mejor mi subconsciente las escuchó en la tele:CuéntameLos Serrano, incluso El chavo del 8 (sí, yo lo veía) son claras fuentes de frases de madre rancias. Son frases de las que yo renegaba y reniego, como os conté en el primero de esta serie de post (aquí podéis leerlo).

El caso es que el otro día se me escapó una. Bueno, vale, cada día se me escapa alguna, pero de la que os voy a hablar es de una que constituye todo un clásico, es casi la madre de las frases de madre, valga la redundancia. Todas la hemos escuchado, tanto dicha en la más espontánea de las situaciones como a modo de jocosa burla.

Os pongo en situación. Fue una de esas tardes a la semana que he reservado para Eva, así que estábamos juntas, buscando un plan apetecible. A pesar del frío, hacía un sol increíble y decidimos acercarnos a uno de esos parques en los que los columpios tienen arnés (por cierto, ¿tan complicado es instalar en los parques columpios con arnés?), uno que está a varios kilómetros de casa. Cogimos el coche, aparcamos, y continuamos nuestro peregrinaje hacia el susodicho columpio a pie. Jugamos, disfrutamos, reímos, y cuando tuvimos las manos y los mofletes congelados decidimos volver al coche, poner la calefacción y dirigirnos a casa, despacito, escuchando la banda sonora deFrankenweenie… Pero a mí se me ocurrió parar en un kiosco a preguntar si tenían bolis Bic Reaction. Llegados a este punto tengo que confesar que soy una auténtica friki de los bolis, no me vale ninguno y los que me valen, me obsesionan durante meses hasta que, de repente, descubro uno que me gusta más y tengo que sustituir mi arsenal de bolis por el nuevo modelo. El boli con el que estoy obsesionada ahora es ese: el Bic Reaction.

gusanitosY sigo con mi relato, antes de que me tachéis de loca obsesiva. Entramos en el kiosco y no tenían boli, pero sí bolsas de Gusanitos. Los Gusanitos, como sabéis, son un arma de doble filo: tú se los compras al peque, pero luego la que termina con un empacho, y con polvillos amarillentos en manos, morros y pechera eres tú… o como mínimo, las dos. Y así fue: de camino al coche empezamos a devorar gusanitos, ella de uno en uno, yo de puñado en puñado, y cuando estuvimos felizmente instaladas cada una en su asiento y vi que la enorme bolsa estaba ya mediada, le solté a la diminuteja la temida frase:

Más no, que luego no cenas“.

Miré por el retrovisor, y la vi: Pipeke me observaba tras una capa de polvillos amarillentos, con restos de gusanito en las manos, en parte del pelo y en la boca, una boca que sonreía de esa forma que os hablaba en el otro post, con suficiencia, como si en realidad me estuviera diciendo lo que yo ya sé: “¡Oh! Mira tú, has dicho otra frase de mami, mami“.

Y ¿sabéis cual es la coña? Que luego, Pipeke sí que cena. Siempre cena. Y a mí solo me queda pensar: “Ríete, Pipeke, ríete. Que la vida es cíclica… dentro de unos años, ya se reirán mis nietos de ti”.

 

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