Riéndome (mientras me busco)

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SSLM. Por qué no estamos mi chico y yo ahora mismo desfallecidos, con un hilillo de baba cayendo sobre el teclado y los ojos semicerrados mientras hablamos solos, es decir, por qué no estamos ahora mismo absolutamente majaras es algo que solo puede explicarse por ese maravilloso milagro que es la paternidad. Mi hija nació hace algo más de un año y medio, y se pueden contar con los dedos de una mano las noches que hemos logrado dormir del tirón, sin desvelos, sin ningún tipo de reclamo nocturno por su parte… y hasta hace poco, os lo digo de verdad, y quitados los primeros meses (que fueron un infierno), lo llevabamos bien. Hasta hace poco, Eva se tomaba un bibe a la 1 y otro a las 6:30, y todavía dormía un rato más hasta que nos poníamos en marcha.

Su padre, por trabajar fuera de casa, ha tenido la justificación perfecta para no ser él quien se levantase por las noches a atender a la niña, porque hemos de aceptar que no es lo mismo dormirte sobre el teclado del curro, delante de más gente decente, que hacerlo sobre los apuntes en el salón de casa… Por esto, yo misma fui la impulsora de esa costumbre: “¿Cómo vas a levantarte tú, Guille, si tú curras fuera de casa y yo no? – A lo que en el futuro, tras meses de experiencia, en mi cabeza añadiría – “Deja, me levanto yo, que no trabajo, solo estudio un posgrado y un grado a la vez en el ánimo de buscarnos un futuro sin mendigar a nuestros padres, hago la casa, la compra y atiendo a la niña todo el día. Yo estoy más libre. Tú duerme”.

No sospechaba yo que eso de que se levante solo un progenitor tiene su gracia… sí ,tiene su gracia si eres el que no se levanta. Si eres tú el que se levanta, digamos, eres el progenitor A, eres tú el que sabe que en cuanto suena el primer “ehé” (léase, lloriqueo entre sueños) procedente de la habitación de Pipeke, es conveniente saltar de la cama y volar hacia la cocina, coger el biberón que horas antes ha preparado el progenitor B del estante de la nevera y calentarlo en el microondas contando los segundos y deseando con todas tus fuerzas que los suaves “ehés” que estás escuchando no se conviertan antes de tiempo en la hecatombe; porque lo sabes: sabes que eos “ehés” son el preludio de algo grande, el agua que retrocede mansamente antes del tsunami, el silencio que guardan los pájaros poco antes de que estalle la tormenta… el típico “estoy cogiendo aire y ahora mismo voy a hacer temblar el edificio con un berrido estremecedor”.

Cuando un solo progenitor, el A, pongamos, es el que tiene la exclusiva, el que ostenta el cargo de cuidador de noche, sabe perfectamente controlar esos tiempos. Sabe que si saca el biberón antes de tiempo del micro, el “¡clin!” del aparatejo despertará de todo a la niña y será casi imposible calentarlo un poco más sin que las ventanas del edificio se resquebrajen a la voz de “buaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!!”. Es por eso que el progenitor A cuenta 50 segundos exactos, saca el bibe del microondas y vuela a la habitación de la criatura, la sienta en sus rodillas y le enchufa el bendito biberón, haciendo que todas las nubes de tormenta se disipen, pacíficamente, al ritmo de un suave sonido de succión, antes de que el primer trueno se haya desencadenado. Todo esto, mientras el progenitor B duerme felizmente sin enterarse de nada. Eso en teoría, porque en nuestro caso el progenitor B también se suele despertar, ya sea por el lloriqueo de la niña o por el salto que pega el A al salir de la cama para atenderla. Así que hay días que, encima, poco ganamos, porque ni duerme uno ni lo hace el otro.

Este control de los tiempos del que hablaba es vital, absolutamente vital, y solo se perfecciona con la práctica. Por esto, cuando llegan las gloriosas noches de viernes y sábados, las noches en las que el progenitor A se mete en la cama y se tapa hasta la barbilla, pronunciando un dulce “hoy te toca a ti” a modo de oración a la divinidad, en el fondo sabe que ni rezarle a todos los dioses le va a salvar del desvelo nocturno… y que da lo mismo que el progenitor B sea el que debe levantarse, da igual que por contrato le toque a él. Y es que, por buena que sea la intención de este último, la falta de práctica le hará no escuchar el primer “ehé“, a la vez que la costumbre hará que el progenitor A salte de la cama nada más oírlo… Y al recordar que hoy no estás de guardia,das unos toquecitos en el hombro del progenitor B y dices “Que te toca…”.

Como al tercer “ehé” el papi B no haya saltado de la cama, la cual tú sabes que es la única reacción que puede llevar al éxito, clavas codo en costillar y sacas la Regan que hay en ti: “me cago en la ****, que hoy te toca y ya está llorando, coj****, ¿o voy yo?”. Va él, pobre… pero ya es tarde… la falta de práctica pasará factura y el papi B sufrirá lo mismo que me pasa a mí cuando duermo en casa de mis padres con la peque y tengo que recorrerme su casa, y no la mía, para calentar el bibe nocturno: ella se desvelará y llorará a voz en grito todo el tiempo, mientras él va a la cocina, calienta el bibe (“¡clin!”), lo calienta poco, lo vuelve a calentar y mientras va a la habitación de la peque corriendo, al progenitor A ya le ha dado tiempo de llegar a la cuna, coger a Pipeke y entretenerla con un Pocoyó que pasaba por allí, unas lucecitas con mariposas o un erizo de peluche.

camapeke El progenitor B enchufa el bibe a Pipeke mientras el A se va a la cama, más o menos desvelado, a intentar enganchar aquel sueño reparador que en teoría tenía garantizado hoy, o al menos una o dos noches por semana.

Porque dormir es necesario. Porque si no, poco a poco, lo lógico es que las ojeras vayan apoderándose de tus ojos, de tus mejillas, de tu cuello, de todo tú; que termines pasando frente al espejo y viendo una sombra borrosa; que te balancees sobre ti misma del cansancio mientras ordenas esos apuntes de la Teoría del Contrato; que dudes si vivías en el 3ºC o el B cuando se abre la puerta del ascensor… En resumen, lo lógico es que termines majara perdida. Y, todo hay que confesarlo: lo humano también es que, una vez que has parido, acabes haciéndote dueña, no sabes cómo, de unas manías tan profundamente arraigadas que, sumadas al sueño y a la cantidad de asuntos pendientes y al estrés y a mil factores más de esos que no molan nada, te lleven a poner la puntilla en absolutamente todo lo que hace el progenitor B, aun cuando es uno de los padres más maravillosos que pisan la faz de la tierra.

Y de eso doy fe.

Pero como bien señalaba nuestra Paula Fernández en su inigualable Manual para reírte mientras te buscas, cuando te conviertes en madre es cierto que la misma que eras antes sigue por ahí, escondida… la que necesitaba levantarse más allá de las 12 cada sábado y/o cada domingo para “ser persona”; la que acusaba un cansancio físico y mental indescriptible al terminar un examen, cuando cuatro o cinco noches de estudio le precedían; la que no se levantaba de la cama ni aunque cien aspiradoras peregrinasen por la casa, doscientos taladros lo hicieran por la acera y trescientos aviones de guerra atronasen el espacio aéreo más próximo.

Eres la misma, sí… ¿pero dónde estás? Y ahí es donde entra ese manual de nuestra Paula, el que te hace reírte mientras te buscas. Ese librito de instrucciones que, estoy segura, nos aconsejaría en casos como este tomárnoslo todo de la mejor manera posible y no desfallecer sobre el teclado, hablando solas y dejando que de nuestra boca entreabierta caiga un indigno hilillo de baba. En él se nos aconsejaría hacernos a la idea de que las ojeras por falta de sueño son el último maquillaje de moda, que lo pelos de loca y el dolor de cabeza son el resultado de un nuevo tipo de noche de fiesta, y que el sueño… ¿qué sueño? Somos madres, no tenemos sueño, y hacemos nuestro el lema de aquella bebida: “duerme cuando mueras“. Eso diría el manual…

Y por eso, esta mañana me he levantado después de un par de horas de maldormir entre toses perrunas, dolorcillos de barriga y lloriqueos, y he preparado a mi peque para ir al cole un ratito porque, milagrosamente, con el amanecer se le pasaron todos los males. Mientras recogía los trozos de bizcocho de la peque del suelo de la cocina y canturreaba “es nuestro amigo pato, un tío fenomenal“, Guille, es decir, el progenitor B, ha entrado en la cocina con sus ojeras puestas, me ha mirado, y sonriendo (porque él sí que es un experto en sonreír, y también en hacer sonreír en los peores momentos) me ha dicho: “Qué, ¿ya loqueas?“. ¿Y qué he hecho? ¿Le he tirado las migas a la cara y me he cag*do en sus muertos por, encima, vacilarme?

No.

He sacado la madre que hay en mí y me he visto desde su perspectiva, con un moño despeluchado, ojeras, las gafas de culo de vaso, vestida con una bata negra con vacas estampadas (¿¡!?) y canturreando ese demonio de canción pegatina a las 8 y pico de la mañana… y me he reído.

Sí, me he reído.

Y es que, si algo he aprendido estos últimos días, es que no hay nada como eso. No hay nada como reírte mientras te buscas…

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