“Y siempre merece la pena”

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SSLM. Como ya os conté en mi post de Las Imperbotas, estos días he estado trabajando. Se trataba de uno de esos empleos eventuales y mal pagados que busco y acepto todavía no sé muy bien por qué, ya que muchas veces no me compensa la de vueltas que doy, la tralla que le meto al coche y el estrés que soporto frente a la cantidad más o menos miserable que me pagan. Esta vez, el trabajillo en cuestión me ha llevado a recorrer la práctica totalidad de los supermercados gallegos cargada con cupones discount, stoppers, flyers, displays y algunos otros materiales con denominaciones rimbombantes y ultramodernas que se podrían clasificar en su totalidad en lo que comúnmente conocemos como “folletos”. Gracias a este último empleo, he tenido además la oportunidad de transportar e instalar en las tiendas algunos expositores, esto es, estanterías de plástico más cutres que los mil demonios, en cuyo montaje me he dejado las uñas, los dedos y (al menos) una costilla flotante.

Pero permitidme que deje de cavar mi propia tumba poniendo a caldo los escasos empleos que me salen hoy en día para compartir con vosotros algo que me ha pasado hoy. Todo empezó cuando una noche, hace cerca de un mes, después de una de esas discusiones parejiles que todos tenemos (?) y que te ponen un nudo en la garganta durante un par de horas, días o, en el peor de los casos, semanas, me puse a escribir un post. Como, a medida que iba escribiendo, me iba pareciendo uno de los posts más tristones, grises y quejumbrosos de todos los que he escrito en este blog, al final lo dejé a medias y preferí no publicarlo. El post hablaba de deseos sin cumplir, de aspiraciones que parecían haberse quedado por el camino y de momentos, de esos que echo de menos a veces, que ya nunca van a repetirse. Y, al menos en parte, ese fue el post que publiqué ayer.

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Y el giro a mis días de NO llegó hoy, en forma de mensaje privado en Twitter. Un seguidor leyó mi post de ayer y me envió una cita (¡gracias!), que a su vez extrajo del blog Café Desvelado (un descubrimiento donde los haya, por cierto). Después de leer ese texto, seguí trabajando durante unas horas y, al terminar la mañana, llamé al jefe y le dije que dejaba el empleo.

Y estoy más que feliz.

Os preguntaréis por qué, teniendo en cuenta que el que no curra no cobra, pero tengo mis razones. He aquí algunas de ellas:

– Porque así tendré más tiempo para ir madurando esa idea que me ronda la cabeza desde hace meses, una idea de la que quiero vivir y que, ahora que veo que ser mamá emprendedora es posible (gracias, en parte, a algunas de vosotras), está pidiendo pista y necesito perfilar… y parirla, la idea, digo, de una vez por todas.

– Porque así tendré energías para terminar los deberes de Derecho Civil y del posgrado de Marketing Online a tiempo para irme mañana de cañas con mis amigos.

– Porque así podré, al fin, ver Avatar con mi novio con los estudios encauzados y sin preocuparme de las malditas tablas de excel y las dichosas referencias de productos que en lugar de 8 horas al día me ocupaban 12. Avatar, que él no la ha visto, pero yo sí, aunque me da igual, porque no hay nada mejor que acurrucarme con él en el sofá y perderme trocitos de las pelis porque me pongo a dar cabezadas debajo de la manta gris suave.

mani21– Y (sobre todo) porque así podré dedicar tiempo, al menos dos tardes por semana, aestar con Eva en cuerpo y alma. Hoy hemos tenido la primera de esas tardes juntas; y no hemos ido a buscar columpios con arnés por los parques de Coruña, ni a señalar los pájaros que vuelan por el cielo y los cisnes que nadan en la ría, ni a escuchar al cuentacuentos de la biblioteca, ni hemos estudiado uno a uno los catálogos de juguetes, que estos días empiezan a llenar el buzón de nuestra casa, ni nos hemos tirado en la alfombra del salón a hacernos cosquillas rodeadas de peluches y marionetas… no, hoy, después de jugar un rato en el salón (foto destacada), me ha tocado elegir actividad y, cómo no, nos hemos ido a una plaza coruñesa con otros cientos de personas a gritar “NUNCA MÁIS“. Bueno, Eva gritaba “TA-TA-TÁ”. Y como diría el narrador de Pocoyó: “¡ha sssido geeeeniaaal!”.

Ah, casi se me olvida: el texto del mensaje, el que me ha hecho espabilar (sacado, como os dije, del blog Café Desvelado), entre otras cosas decía que “tus errores te hacen ser quien eres”, que “aprendes y creces con cada decisión que tomas” y que “siempre merece la pena”.

Hoy, la ha merecido. Y mañana, así, seguro que también.

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