Las imperbotas (con sus pros y sus contras)

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SSLM. Como sabéis, o como habréis deducido, yo no es que sea precisamente una it girl. Casi cada día tengo que enfrentarme a la evidencia de que ese selectivo don que es el estilo fue heredado de mi madre por mi hermana y a mí me saltó, pértiga en mano. Y no solo eso, sino que las modas y yo tenemos una relación inicial no digo de indiferencia mutua, sino de odio absoluto y visceral: si no sé andar en tacones, se ponen de moda; si no me gustan las camisetas recortadas, se ponen de moda; si no me quedan bien los pantalones pitillo, se ponen de moda. El caso es que nada más se manifiesta una nueva moda, ella y yo mantenemos una batalla que, generalmente, suelo perder…

No vayáis a pensar que voy por la calle vestida con un hábito remendado y unos zuecos plasticosos como los de Frank de la Jungla, tampoco es eso, pero el hecho de llevar dos años sin salir como antes, y sin tener que vestirme decentemente para ir a trabajar a un lugar con más gente civilizada, me había llevado a caer en el típico “chándal… total, pa ir a la compra” / “vaqueros y sudadera, total pa ir al INEM” / “botas planas y cómodas, total para ir sola, y al cine, que está a oscuras” /etc. 

Pero, como os decía, muchas veces las modas me ganan la batalla y termino aceptándolas sumisamente. Y si bien no serán mis pies los que luzcan esa mezcla tan inexplicablemente popular de tacones con zapatillas de deporte, sí que he caído y me he comprado ese calzado que, otoño tras otoño, llena los armarios de las mujeres, sobre todo de las del norte, saliendo a la luz los días de lluvia y coloreando las grises aceras con su plástico de diferentes tonalidades… sí, me refiero a las botas Hunter. Hace dos años, convencida por mi hermana, por mi madre y por una noche de lluvia torrencial que me pilló fuera calzada con mis inseparables Converse de imitación, me compré un par de botas Hunter de color rojo.

hunter

Y reconozco que hay muchas cosas buenas que las Hunter aportan a mis pies. Cuando me pongo las imperbotas, como las llamo yo, mis espantosos piececillos (algún día os hablaré de este complejo) van impermeables: calentitos, arrebujados en los calcetines, aislados de toda inclemencia exterior y sobre todo… secos. Y el rojo, como dirían las bloggers de moda, “da un toque de color al conjunto” . En definitiva, que mis pies van vestidos igual que la mitad de los pies femeninos de la ciudad, lo que comúnmente se conoce como ir “a la moda”, y lo que es más importante: mis pies van secos como la mojama, algo que me hace inmensamente feliz.

Pero no todo pueden ser ventajas, y hay algunas cosas que con las Hunter es imposible hacer sin terminar llorando de desesperación. Una de esas cosas es conducir: para manejar un coche más de media hora con esas botas tienes que tener los pies de hormigón armado, o terminarás prefiriendo empotrarte contra el camión de ganado vivo que llevas delante antes que volver a pisar el freno y enfrentarte a ese dolor de talón… La otra situación imposible de afrontar con unas Hunter puestas suele aparecer al final de la jornada. Para que os hagáis una idea, mi hermana y yo tenemos un dicho: “no te deseo el mal, pero ojalá quieras quitarte las Hunter y no haya nadie en casa”. Y es que las imperbotas, al menos para mí, y al menos las primeras veces que me las pongo cada año, son prácticamente imposibles de sacar si no hay algún voluntario que tire de ellas con toda su alma. Hacen una especie de vacío, se fusionan con mis pantorrillas, y ya me he visto alguna noche con la parte de arriba del pijama, las Hunter y los leggins, semiacostada en la cama mientras espero pacientemente a que llegue Guille y me ayude, por lo que más quiera, a sacármelas.

Ayer por la noche llegué a casa con los talones casi en carne viva, después de un duro día en el que, por un trabajo esporádico que me ha salido, conduje cerca de 400 kilómetros por Galicia adelante. Tenía un ratito para arreglarme antes de ir a buscar a Pipeke casa de los abuelos, donde la había dejado Guille para irse a ensayar con su grupo. Encendí las luces, tiré el bolso en el recibidor, colgué mi chupa en el perchero y me dirigí a mi habitación. Mientras soñaba con la ducha que me iba a pegar, con esos 15 minutos de gloria del día, me senté en la cama… y me di cuenta de que ponerme las Hunter esa mañana, definitivamente, no había sido una buena idea: ayer no había nadie en casa que me quitara las puñeteras botas.

Así que lo siento por la moda… pero hoy lo que nadie me quita son mis inseparables Converse de imitación.

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