La comida se (es)tira y otras cosas que aprendí

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SSLM. Una de las cosas que más me gusta de ir de finde a casa de mis padres son las comidas pantagruélicas. En el hogar que me vio nacer y crecer, también a lo ancho, siempre ha habido y siempre habrá una sopa de fideos, unas patatas rellenas, un solomillo, un pollo asado, un trozo de tarta de manzana o un bizcocho casero dispuesto a hacer que me salte la dieta. Y ya me conocéis, cuando digo “dieta” no me refiero a ningún régimen estricto hipocalórico de adelgazamiento made in Esparta, me refiero a comer en cantidades propias de seres humanos y no de elefantas africanas embarazadas.

congelador

El arcón congelador de casa de mis padres, preparado para ser saqueado por mí ayer. Como veis, cada taper está perfectamente etiquetado. Algunos incluso tienen mi nombre puesto: “Boloñesa Blan”. A mí me enternece 🙂

Pero a lo que iba: una de las cosas que más me maravilla de ir a casa de mis padres, además de la capacidad que tienen de abastecer siempre de comida al resto de la prole, es la habilidad que han desarrollado para evitar tirar alimentos a la basura. Aunque allí no se hace nunca comida para uno o dos, sino para un regimiento, siempre hay salida para todas las raciones: unas se devoran ese mismo día, otras se congelan, y otras se reciclan. Como no podía ser de otra manera, 18 años viviendo en aquella casa me han permitido aprender esas habilidades relacionadas con la alimentación familiar y la gestión del tiempo, dos disciplinas diferentes pero íntimamente vinculadas que me he visto obligada a perfeccionar desde que intento sacar adelante una familia, una carrera y un posgrado, salpicado todo ello con trabajos basura temporales.

En esos 18 años que pasé en casa de mis padres, decía, he aprendido varias cosas. Entre otras, lo conveniente que es dedicar un día a la semana al suministro. Ese día cocino como si tuviera que alimentar a un pueblo entero, a los alumnos de un colegio o a todos los miembros de la familia real española. Eso sí, lo hago solamente una vez por semana, o incluso por quincena, y con platos que (aquí está la clave) se puedan congelar. Purés, cremas, caldos, sopas, incluso algunas legumbres o guisos… existe un enorme abanico de posibilidades. Cierto es, supongo, que la comida congelada pierde propiedades… pero las personas que, como yo, odian visceralmente las tareas del hogar (entre ellas, cocinar, limpiar lo que se mancha cocinando, fregar la cocina, y demás derivados), me entenderán cuando digo que el hecho de aproximarse al congelador un día cualquiera a las 13:45 horas, abrirlo, sacar un bloque congelado de lentejas de hace 15 días y afirmar en tono triunfal: “ya tengo lista la comida de hoy”, poco más que hace que se salten las lágrimas de la emoción, así que las propiedades que puedan quedarse por el camino… en fin, por mí pueden ir con dios.

Por otra parte, en esos 18 años que pasé bajo el techo de mis adorados padres aprendí también a reciclar y reutilizar platos. Os lo conté en el post de la Carta Blanca y también os hablé de la mezcolanza y de la tortilla basurilla, y aquí os lo repito: para mí, pocas cosas hay más gratificantes, culinariamente hablando (triste de mí, si no), que dar salida a todos los productos-a-punto-de-caducar que invaden mi nevera y me hacen sentir una mezcla entre despilfarradora insensible y vaca insaciable… así que probad: mezclad todo lo que se os ocurra y dejad que la creatividad dé color a vuestra vitrocerámica y sus efluvios hagan las delicias del patio de luces. ¡Sin miedo!

Eso sí… por mucho que cocine un día a la semana como si fuera a dar de comer a la tribu de los Brady, y aunque de vez en cuando me dé por ser creativa e inventarme platos estelares, hay un objeto al que soy fiel por encima de todo… y lo soy desde el primer día que me quedé a comer en el comedor de aquella residencia de estudiantes de Salamanca, a más de 400 kilómetros de la nevera de casa de mis padres. Ese objeto es la bolsa isotérmica. Las bolsas isotérmicas son una especie de Caja Nolotiro, aquélla que el Ciudadano 0,0 se lleva a casa con la comida que le ha sobrado de su cena en un restaurante. Son una Caja Nolotiro, pero de andar por casa. Porque si hay algo mejor que reutilizar el arroz de ayer para hacer un arroz con calabacín hoy, o algo más gratificante, culinariamente hablando, que ahorrarte dos horas de cacharreo sacando del congelador un taper de lentejas hechas por ti hace 15 días, es que esas lentejas sean de las que hizo tu madre.

Así que, ¿que voy de finde a casa de mis padres? Pues el domingo, justo después de cargar el coche con maleta, bolsas, silla, niña, juguetes y demás enseres, agarro la Bolsa Isotérmica-Nolotiro y hago un repaso por su despensa, esquilmando a mi paso el arcón congelador, las alacenas, los armaritos y los cajones. Y, dos horas después, nada más abrir la puerta de nuestro piso, voy directa a la caja fuerte: al congelador, a colocar ordenaditos por fecha o por contenido los tapers de mamá… el tesoro. Mi tesoro.

Porque si bien es cierto que los 18 años que viví en casa de mis padres me dieron para aprender mucho… los 10 que llevo viviendo fuera de ella me han enseñado todavía más.

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