La bruja Pibola

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Hay una cosa de la que no hablo casi nunca en este blog, a pesar de que está más que presente en nuestro día a día, y es la escuelita a la que va Pipeke. En ella, las profes organizan fiestecillas de disfraces, de Navidad, magostos y muchas más celebraciones que, con cualquier excusa, hacen las delicias de los peques y, casi sobre todo, de sus santos padres.

El mes pasado tuvo lugar la última de esas fiestecillas. Se trataba, en concreto, del Samhain, cuya etimología gaélica significa “fin del verano”, y  que se celebra la misma noche que Halloween y difuntos. En casa fuimos felices ante la perspectiva de una fiesta de disfraces, y más esa: soy bastante partidaria de resucitar fiestas autóctonas, pero la verdad es que, al final, suele importarme poco de qué país procede la excusa para ir de jarana… ¡y más si va incluido un disfraz!

Así fue como, ese jueves, la Bruja Pibola salió de las profundidades del bosque con su escoba y su gorro de pico, y aterrorizó a todos los niños del barrio durante una mañana entera. Literalmente, además, porque casi no había puesto un pie en el cole y ya estaba arrebatando juguetes a los demás niños y atacándoles si osaban acercarse a los suyos, sacando uñas y dientes cuando era necesario, así como quien no quiere la cosa.

¡Pero bueno! La verdad es que esta primera fiesta de la guarde a la que asistí me encantó. Ver a Eva desde el otro lado de la guarde, entre mil enanejos disfrazados de calabazas, brujas, ositos o insectos, con su globo y su gorrito de pico, gritando “¡mamá! ¡mamááá! (¡¡¡síiiii, por fin!!!) y saludándome desde la distancia es una de esas imágenes que no creo que olvide.

Otro día ya me preocuparé de cómo le quito a la Bruja Pibola esa manía que tiene de arrancar los ojos a sus compañeritos…

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