El auténtico relax

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SSLM. Para la gente que, como yo, vive abarcando más de lo que aprieta, pocos findes son de auténtico relax. Y cuando digo auténtico relax, me refiero a esa sensación de ligereza que te invade cuando no haces nada y, además, no tienes nada que hacer. Porque,  ya sabéis: no es lo mismo dedicarte al ocio cuando realmente no tienes nada pendiente, que cuando sabes que por mucho que desconectes con una buena peli, un buen paisaje o un buen ratito en el bar de siempre,  una montaña de apuntes recién impresos te está esperando, colocaditos en tu mesa, con los post-it y los subrayadores preparados para la acción.

Por eso, decía, porque llevo muchas semanas con la nube del estrés planeando sobre mi cabeza (y por lo tanto, sobre la de mi familia) este finde me lo he tomado para relajarme, me he tomado tres Días de Auténtico Relax. ¿Y qué mejor lugar para venir a pasar unos Días de Auténtico Relax que mi casa de la aldea, de la que tanto os hablo en este blog? Como os he contado en algún post, esta casa vive en un valle, custodiada por la casa de mi tía y la de mis padres. Mi casita es una prolongación de la de ellos, y aquí vienen casi cada día a segar, limpiar, leer un ratito o encender la chimenea. Sí, aunque yo no siempre esté en ella, casi siempre hay vida en mi casa… pero aun así, el hecho de que esté situada en un valle cercano a la costa de Lugo hace que cada vez que llego dispuesta a ventilar, limpiar y hacer las camas, una nube de suave olor a humedad y a cerrado me golpee la nariz nada más abrir la puerta.

Así sucede siempre, y así sucedió también ayer, el día que yo vine a prepararlo todo en mi casita para la llegada, un ratito más tarde, de mi familia. Y aunque me queje de la humedad, del suelo que cruje a cada paso, de las carcomas que devoran mis muebles, de la chimenea que no tira o del entretecho lleno de murciélagos… reconozco que no he encontrado todavía una terapia más efectiva contra el estrés que la de meterme a limpiar a fondo esta casa. Es curioso, con lo que yo odio las tareas del hogar los días de la semana, cuando no me queda otra que enlazar lavadora tras lavadora mientras vigilo las lentejas… es curioso, decía, lo que me gusta entrar sola en mi casa de la aldea, mi casa de colorines, como yo la llamo, y ponerme a adecentarla para que nos acoja esos dos días, tres a lo sumo, que duran mis findes de relax aquí.

Como decía, me encanta entrar, enchufar mi móvil a los altavoces y, mientras la música hace temblar el suelo, ir abriendo ventana tras ventana para que el frío de octubre, casi noviembre, entre por todas partes y me haga estremecerme. Me gusta bajar al salón y encender la chimenea, llenando la casa de humo porque el tiro no va, y me encanta sentarme delante del fuego, verlo arder, sentir su calor en las manos, las mejillas, las orejas…

chabel

Me encanta pasar la aspiradora entre los sofás, heredados de mis padres; me encanta limpiar con un trapo los barrotes de la cuna, heredada de mi hermana; me gusta pelearme con el calentador hasta que decide encenderse, y bastante hace, con los 30 años que pesan sobre él. Por gustarme, me gusta hasta el olor del limpiasuelos que empapa la madera, y cuando ya está todo seco me gusta cerrar las ventanas y encender la renqueante calefacción durante un ratito. Me encanta ir sintiendo ese calor de hogar, poco a poco, mientras coloco toallas que aún huelen a suavizante en los toalleros, y sábanas planchadísimas en nuestra cama y en la cuna de barrotes. Me gusta colocar el café y las galletas recién compradas en la alacena, la leche en el frigorífico, y apagar la música y las luces, y cerrar la puerta detrás de mí. Me encanta, entonces, ir a casa de mi tía, y esperar allí a que lleguen Guille y Pipeke tomándome un té con ella, comiendo mandarinas y hablando de todo, de lo de siempre, de lo nuevo y de lo viejo…

Y luego, claro, me encantan las mañanas de sábado como esta, en la que Guille y Pipeke me han dejado dormir dos horas más. Me gusta llegar al salón y decirle a Guille que duerma él un rato más antes de comer, y mientras, escribir sentada con Pipeke viendo los dibujos y jugando con mis juguetes sobre la alfombra. Mis juguetes, sí, con los que yo jugaba hace 20 años en este mismo lugar. A lo mejor, incluso, dormimos una siesta después de comer mientras fuera sopla un viento de mil demonios y la lluvia golpea con fuerza los cristales.

Como os decía al principio: esto, y no otra cosa,es el auténtico relax.

¡Disfrutad de vuestro finde!

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