Lo que (sí) importa

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SSLM. Aún no había nacido Pipeke y nuestros familiares ya estaban pensando en qué clase de solfeo la íbamos a matricular, o qué libros le íbamos a dar para leer. Y lo mismo pasaba con las películas, el esquí, el surf, el teatro… Le buscaban aficiones por todas partes, como si fueran hereditarias, dando por hecho que de tales palos, tal astilla. Aunque al principio yo les decía que “mejor no pensar en eso, ¡que todavía queda mucho!“, poco a poco fui subiéndome con todos a la parra, y algunos meses antes del parto ya le teníamos preparada una completa lista de aficiones que, seguro, iba a tener. A mí también me preocupaba el cole; siempre quise que mis hijos estudiaran en la pública, así que me indignaba por cómo están dejando la educación pública los gobiernos que nos ha tocado sufrir… en definitiva, nos preocupaba la educación de nuestra hija. ¿A qué padres no?

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Aquellos últimos meses de embarazo, por aprovechar el tiempo, me apunté a clases de inglés con el objetivo de sacarme el Advanced y tener así un título más que añadir a mi CV (o que colgar en la pared de mi cuarto de baño, según se mire). Ya sabéis cómo son las clases de inglés: gramática, vocabulario, modelos de examen, y un poco de conversación distendida para ir practicando. Mi profe, una chica rumana súper agradable, guiaba con habilidad el grupito de 5 o 6 alumnos sacando temas diferentes y dando sus opiniones para encender la mecha de la conversación.

Recuerdo que en el grupito, de lo más heterogéneo, había una mujer que compaginaba las clases de inglés con el estudio de unas oposiciones. Era muy seria, pero cuando sonreía podías casi ver a la alegre niña con coletas que había debido de ser en el pasado. También había dos adolescentes, Marta y María, que miraban mi barriga de seis meses con admiración… siempre que ningún chico guapo estuviera cerca: entonces solo tenían ojos para él. Iba a clase, además, un chaval muy simpático, de unos 19 o 20 años, nervioso, que tartamudeaba un poco al hablar, reía sinceramente y escuchaba casi con avidez todo lo que chapurreábamos los demás. Y por último, había un tío moreno de unos 23 o 24 años, un tal Daniel, que presumía de haber sacado la carrera de Derecho a curso por año,“aunque no me gustaba nada”, y como no había querido ejercer, se había buscado un trabajo como promotor de discotecas. Era ese típico tío que, no me explico por qué, arrasa entre el público femenino… y él lo sabía.

Un día, hablando de las películas que nos gustaban, la profesora nos preguntó si disfrutábamos yendo al cine. Unos dijeron que sí, otros que psé, otros que para nada. Yo dije que sí y dije que, además, me gustaba ir al cine sola. No todo el mundo entiende mi pasión por los ratos que paso conmigo misma, por lo que no me extrañó que la mayoría de los allí presentes me mirara con curiosidad al confesar mi afición. Lo que sí me extrañó fue lo que dijo el tío moreno, el tal Daniel, que con una sonrisa de suficiencia, mirándome de soslayo, soltó: “yo creo que pasar dos horas en un cine tú solo es patético”.

Lo dijo así, tal cual. Bueno… tal cual no, en realidad lo dijo en inglés. Pero imaginaos mi cara, la de la diplomática profesora rumana y la del resto de estudiantes, cuando el tipo, como quien no quiere la cosa, me llamó patética en toda la cara. Mi chip defensivo, que suele encenderse cada vez que en mi vida se cruza alguien de este estilo, llevaba un rato parpadeando y pude reaccionar rápidamente, chapurreando que más patético que pasarte dos horas en el cine, es pasarte cinco años estudiando algo que no te gusta. Y cómo me alegré después de haberle respondido así… recuerdo a la profesora mirándome con complicidad y al resto de la clase asintiendo entre sonrisas, todos menos el tal Daniel y las adolescentes, Marta y María, que se habían quedado prendadas mirándole y, seguramente, ni siquiera habían escuchado ni su ofensa, ni mi respuesta, tan absortas como estaban en la contemplación de su sex symbol particular.

pipekemunecaMe quedé un tiempo dándole vueltas a aquella anécdota, y finalmente me di cuenta de que no era una anécdota, sino una lección vital en toda regla. Y es que, desde aquel día, tengo claro que las aficiones que tenga o el colegio al que vaya mi hija no son lo más importante; que lo que debe preocuparme a mí, como madre, no es el solfeo ni el esquí, ni siquiera las matemáticas o la literatura… Lo que debe preocuparme es que mi hija reciba de sus padres, y de su familia en general, una educación en valores: que nunca sea pretenciosa, que trate de hacer felices a los demás, que muestre curiosidad e interés por todo lo nuevo… y sobre todo: que sea respetuosa. En otras palabras: que sea lo menos parecida posible al tal Daniel, licenciado en derecho a curso por año, promotor de discotecas, que me faltó al respeto a la cara, gratuitamente, en aquella clase de inglés.

Lo que ya será más complicado es evitar que mi Pipeke pase por su edad del pavo al estilo Marta y María, y se enamorisque de un tío bueno como el tal Daniel… pero bueno, lo dicho:“mejor no pensar en eso, ¡que todavía queda mucho!”.

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