Blanquita se hace oír

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SSLM. Porque la niña que fui merece ser escuchada…

blanquita

Una de las normas vitales que siempre he procurado imponerme a mí misma es esa que invita a tratar que el niño que fuimos no se avergüence del adulto que somos. Últimamente esa frase me ha obsesionado un poco, y llevo días mirándome a mí misma con los ojos de mi yo de hace veinte años (en la foto destacada, mi yo de hace 25 :P ). Aquella Blan, bueno, aquella Blanquita de pelo rubio y nariz respingona que corría hacia el autobús pisando los charcos otoñales; la Blanquita que jugaba en el patio, con sus vaqueros con varias capas de rodilleras, he recordado su mochila de Minnie Mouse y el sabor de los Gusanitos que se comía en el recreo…

Y, mecachis en la mar… tengo que reconocer que, a veces, no solo tengo la certeza de que la niña que fui se avergonzaría de mi yo actual, sino que estoy también segura de que, al verme, echaría a correr sin mirar atrás. Varias son las razones que tendría para hacerlo, y no la culpo. Aparte de que las últimas semanas he ejercido un poco de mami-ocupada-agobiada-cansada-y-semiamargada, hay costumbres que estoy cogiendo que claman al cielo. Para empezar, nada más levantarme, abro la persiana y dejo que la luz convenza a mi adormilado subconsciente de que es de día. La niña que fui me odiaría, porque me estoy convirtiendo en la típica madre (¡oh, no!) que todas las mañanas irrumpe en la habitación de sus hijos y abre la persiana, dejando que el sol entre en cada rincón, sin piedad, haciéndose odiar… Pero no solo eso. En cuanto estamos todos vestidos, abro la ventana y dejo que el olor a frío mañanero nos inunde los pulmones. Después, voy por toda la casa abriendo ventanas y espantando ese olor a noche, a calma, a sueño, echándolo para fuera y permitiendo que la energía entre en casa en forma de aire fresco…

Y sé que Blanquita odiaría eso. Blanquita, mi yo de hace veinte años, la que dejaba la ropa sobre el radiador antes de ponérsela para no notar el cambio de temperatura con respecto al amoroso y calentito pijama. Blanquita, la que los peores días de invierno se vestía bajo las sábanas, al calorcito… la que se bebía su Nesquik sentada junto a la estufa, mirando temerosa al exterior por la ventana de la cocina, retrasando cuanto más, mejor, el momento de salir corriendo, al frío, a coger el autobús… Buf, si esa Blanquita me viera abriendo ventanas a las 9 de la mañana… me odiaría. Y con razón.

Otra incongruencia de mi vida son los besos-que-espachurran. Los besos-que-espachurran los conocéis, ¿verdad? Yo sí. Los sufrí de mi abuela, de mi madre, de mi tía… que cuando era niña me apretaban los mofletes y me daban mil besos-que-espachurran seguidos, sin dejarme respirar, asfixiándome en un abrazo que parecía (y ahora sé que no era) eterno. Tenían esa extraña y desesperante costumbre… costumbre que, a todas luces, yo he heredado. Soy incapaz de ver llegar a mi hija con su minimochila de la escuelita y no comérmela a besos-que-espachurran; no puedo mirarla mientras flipa con Pocoyó y no comérmela a besos-que-espachurran; no puedo verle los morros, después de merendar, llenos de migas de bizcocho y no comérmela a besos-que-espachurran. En definitiva, no puedo evitar hacer justo, justo, lo que a Blanquita menos le hubiera gustado.

Además (y esto es lo que más me asusta) de repente, y en determinadas circunstancias, me he vuelto ordenadísima. Últimamente me he sorprendido a mí misma diciendo, por ejemplo, que las cosas están ordenadas en los armarios de la cocina “como tienen que estar”. Que hay que colocar la ropa de la neni “en su sitio, que es el cajón”, o que hay que recoger los juguetes para que el salón esté “como dios manda…” (y lo que es peor) “…por si vienen visitas”. Nada más escuchar esta última frase salir por mi boca, reconozco que sentí un escalofrío, porque la reconocí: reconocí a una madre repelente diciendo una frase repelente en un tono repelente… la madre repelente en la que jamás quise convertirme; y casi pude ver a mi yo de hace veinte años, a Blanquita, arrugando esa nariz respingona y sentenciando: “Ay, Blan, no puedo creerlo: ¡te has convertido en el enemigo!”.

pipekejugandoAsí que he decidido hacerle un poco más de caso aBlanquita y reconducir un poco la situación. De momento, he dedicado la mañana a dormir una hora dos horas más… y luego he dedicado un ratito a despertarnos. Con calma, sin ventanas abiertas, nosotras dos. Hemos despedido a papi, y hemos desayunado un trocito de bizcocho. Luego, paseamos hasta el cole mirando los coches, tutús, pasar y saludándolos con la mano. Y ya estudiaré después, ya recogeré la cocina después, y ya ordenaré los juguetes después… o no, ¿quién sabe? Las cosas importantes en la vida son otras, y hasta aquí han llegado mis meses de mamá repelente. Por mí, por mi yo de hace veinte años, y sobre todo por Eva.

Eso sí: Blanquita, lo siento, pero los besos-que-espachurran en los mofletes de Eva ¡no me los quita nadie! :)

3 Comentarios

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