Los sábados por la noche

0

estrellasSSLM. Recuerdo que un día, cuando estaba embarazada, fuimos a visitar a unos amigos de mi novio, padres de dos terremotillos súper guapos. Después de acostar a sus peques, los mayores nos quedamos en el salón y entre pinchito de tortilla y trocito de empanada, ellos nos fueron contado su experiencia como padres primerizos y segundizos. Nos hablaron de muchas cosas, algunas que ya sabíamos: que cuando tienes hijos la vida te da un vuelco; que dormir se convierte en una utopía, leer un libro en una misión imposible y la relación de pareja, a veces, se resiente. “¡Acordaos de lo mucho que os queréis!”, dijo ella, medio en serio, medio en broma.

Nos dijeron que las noches de fiesta del año se empezaban a contar con los dedos de una mano, que el cine no lo pisaban y que sus aficiones habían pasado a un segundo plano. “Asusta un poco…“, recuerdo que dijo él, “pero ahora, para mí, no hay nada como un martes por la noche“. “¿Un martes por la noche?”, pregunté. Y dijo que sí, que un martes, o un miércoles, un día cualquiera… cuando llegas a casa y duermes a tus hijos, y luego cenas, y te adormilas viendo la tele sabiendo que tu familia está ahí, contigo. Que están tranquilos, que están bien… Y dijo: “es todo lo que yo necesito para ser feliz”.

Aquella noche me fui a dormir con una sensación de bienestar tremenda. Desde entonces, muchas veces he vuelto a recordar fragmentos de aquella conversación, esos comentarios cargados de experiencia y de sentimiento. Por ejemplo, cuando la convivencia se convierte en un constante roce y termina en discusión, cuando los nudos en la garganta provocados por desacuerdos relacionados con la peque se vuelven complicados de tragar, o cuando las palabras se adelantan al cerebro y salen de nuestra boca, clavándose directamente en el pecho del otro. “Acordaos de lo mucho que os queréis”.

Hoy escribo este post con mi chico preparando la cena en la cocina y nuestra Pipeke recién dormida en su cuna, tras cenar una sopa de estrellitas, agotada después de un día de paseos, compras, familia, smoothies y juegos. La minicámara que la enfoca me envía su imagen a través del móvil, y veo que tiene un pie fuera de la manta y que agarra con sus dos manitas a Berto, el conejo de trapo. Respira pausadamente y veo cómo su barriguita sube y baja. Mi chico me pregunta desde la cocina por el pan rallado y cuando voy a dárselo, me ofrece un trago de su lata de cerveza y me dice que la cena está casi lista. Luego veremos una peli, seguramente una comedia, y nos iremos a la cama un poco tarde, sabiendo que mañana no madrugaremos para ir a trabajar pero sí para llenar de juguetes la alfombra del salón y pasar la mañana sobre ella, jugando, los tres en pijama entre muñecos de plástico, cubos de madera, animales de peluche y galletas marbú dorada.

Y me acordaré del amigo de mi chico diciendo que no hay nada como un martes por la noche… y pensaré que sí, que los martes molan, pero que son las noches de sábado como hoy las que yo no cambio por nada.

Que disfrutéis de la vuestra :)

¡Gracias por comentar!