La casa de la abuela

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SSLM. Es cierto eso de que el hogar de uno está donde están sus seres queridos. Desde que tengo a Eva, por ella no me importaría irme a vivir a Madrid, o a Barcelona, o a cualquier otra ciudad grande, mediana o pequeña de esas que tanto me agobian y de las que huyo siempre que puedo. Como hoy en día la única pasta que entra en casa es la que sale del empleo de mi novio, en Coruña, ahora vivimos en un piso. Es un piso bonito, espacioso y luminoso, en el que la misma ventana que deja entrar las sirenas de ambulancia también nos muestra una vista de la ría, que con el subir y bajar de la marea refleja el sol por el día y la luna de la noche y me recuerda que la naturaleza sigue ahí, que no todo es ruido, asfalto y semáforos.

abuelaalbumesPero no deja de ser un piso. Yo, donde me siento en casa, es en la aldea donde viven mis padres, en la que antes vivía mi abuela y en la que está mi casita de colorines. Yo suelo pasar los días que vengo a la aldea en mi casa (a pesar de las miles de reformas que necesita), o en la de mis padres, pero hoy instalé mi oficina en la mesa del comedor de la casa de mi abuela: un lugar luminoso, silencioso y tranquilo, el mejor para concentrarse. Y en esas estaba cuando salí un momento al jardín. Me comí dos manzanas del árbol de siempre, que me supieron igual que hace veinte, casi veinticinco años. Recordé aquellas tardes de septiembre en las que una docena de primos aprovechábamos los últimos coletazos del verano en ese jardín, trepando a ese árbol… eran las tardes que veníamos a ver a la abuela. Luego, dibujábamos monigotes o hacíamos los primeros deberes del nuevo curso en la espaciosa mesa del comedor, mientras merendábamos pan con chocolate.

Aquellos días, el jardín de mi abuela estaba tan bonito como está hoy. Tiene parterres llenos de flores de mil colores de las que no me sé los nombres, pero que igualmente me hacen desear casi con furia tener una terraza en el piso de Coruña, a la que poder asomarme cada mañana mientras me tomo el primer café. En esa terraza pondría mi mesita blanca de jardín y mis dos sillas, además de macetas con flores (entonces sí que me aprendería cómo se llaman) que regaría y, en los ratos libres, buscaría mariquitas entre sus hojas, como hacía aquellas tardes de verano en el jardín de mi abuela.

De repente, ha empezado a lloviznar y he tenido que meterme dentro de la casa. Las paredes siguen forradas de fotos de todos nosotros y los muebles de antes siguen aquí, mezclados con algunos nuevos. Están los sofás en los que nos amontonábamos para ver Verano Azul, la chimenea de ladrillo rojo, la mesita de la esquina con el jarrón lleno de hortensias, la cristalera reluciente y el mueble de la tele, ese en cuyo hueco están guardados ahora los álbumes de fotos, y que hace más de veinte años, veinticinco casi, utilizábamos mis primos y yo para escondernos. En la mesa de la cocina en la que me acabo de tomar un té nos sentábamos los sábados a comer macarrones con bechamel, o ensaladilla (que solo me gustaba a mí), o a jugar con una taza llena de agua y Fairy a hacer pompas de jabón.

Ha pasado mucho tiempo, sí… pero hay cosas que no cambian aunque pasen veinte, casi veinticinco años, e igual que de niña esperaba con ansia esas tardes en mi segunda casa, la de la abuela, ahora estoy deseando venir aquí con mi hija y buscar mariquitas entre las flores del jardín, y luego subirnos juntas al manzano, y después hacer pompas de jabón en la mesa de la cocina y cuando tengamos hambre, merendar pan con chocolate mientras vemos los dibujos juntas en el sofá. Y hacer los deberes, claro, que no se nos olvide hacer los deberes en la mesa del comedor… como los hacía yo de pequeña, como los he hecho esta mañana. Y a la hora de cenar ya iríamos a nuestra casita de colorines, haríamos huevos fritos con patatas y nos dormiríamos juntas leyendo un cuento, o miraríamos las estrellas desde el balcón de su habitación. Y por la mañana nos prepararíamos para ir a coger el autobús del cole, y lo veríamos pasar por la ventana mientras ato a Eva los cordones de los zapatos. Y nos daría igual, decidiríamos que hoy vamos al cole en coche, y de camino compraremos un bollito en la panadería para desayunar.

paredpostY es que mi hogar está donde esté ella, pero aquí es donde me gustaría que creciera, que jugara, que riera; que recorriese el jardín cazando mariposas, que entrara corriendo en casa a por las katiuskas y el impermeable cuando empezase a llover y que volviera corriendo al jardín para seguir jugando, da igual que llueva. Quiero que coja saltamontes y renacuajos en verano y que las tardes de invierno se acurruque frente a la chimenea con un libro. Quiero que me ayude a pintar el salón, a restaurar el mueble de la entrada y a limpiar las ventanas: ella por dentro y yo por fuera, mientras nos ponemos caras a través del cristal. Quiero todo eso.

Y aunque de momento sea imposible, me queda el consuelo de pensar que mi casita de colorines siempre estará aquí, bien custodiada por mis padres para que nosotros vengamos a luchar con las arañas, los murciélagos y la carcoma los fines de semana. Y mi segunda casa, la de mi abuela, también seguirá aquí, y el manzano, y el jardín, y las paredes llenas de fotos… mi hogar está donde esté Eva. Pero mi casa siempre estará aquí.

Eso sí, hoy mismo empiezo a buscar un piso con terraza.

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