Como si los tuviera

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SSLM. Porque ser joven es un estado de ánimo.

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Aviso: estáis a tiempo de preservar la imagen de abnegada madre que tenéis de mí y cerrar esta ventana a mis vergüenzas…

Como confesé en mi post anterior, El amor entre dos frikis (que por cierto, madre mía, ¡cuántos comentarios! ¡cuántos “me gustas”! Gracias! ;) ) hace algunos años, antes de conocer a mi aún-no-marido-pero-acabaremos-pasando-por-el-aro, yo andaba medio triste o triste entera ya que algunas cosas en mi vida no eran exactamente como yo quería que fueran. Esas rachas que, una vez pasan, piensas: “¿pero cómo cara*o soporté yo aquéllo?“, pero que ahí estuvieron. Sí, había cosas que no me gustaban de mi día a día…

…pero había otras que me encantaban. Siempre que alguien me pregunta si he cambiado mucho al convertirme en madre, le digo que lo que ha cambiado es lo que hago… pero no lo que soy. A mí al menos no me ha cambiado un ápice y a veces, viendo mi entorno y lo que se supone que debería ser lo normal para mí, me pregunto si no sería mejor haber cambiado drásticamente como hacen otras personas. Me pasa cuando, frente a otras abnegadas madres, digo algo sobre findes sin niños, festivales de música electrónica, sobre viajes con la mochila o sobre findes con los amigos de fiesta non-stop y puedo ver en sus caras el momento preciso en el que están pensando “esta piensa que aún tiene 22 y encima está orgullosa: yo voy a hacerle caer de la burra en 3…2…1…“ , y de repente sueltan “ay, eso déjalo para las nuevas generaciones. A nuestra edad y con hijos ya parece que no apetece…“.

Y es que a mí me pasa justo eso. Parece que no me apetece… cuando estoy en la cocina con las lentejas al fuego y tendiendo lavadoras a dos manos, parece que no me apetece; cuando me levanto dando traspiés a las 6 de la mañana para calentar el biberón con legañas en los ojos, parece que no me apetece; cuando, cargada de bolsas de la compra, le digo a la antipática de la frutera la buena pinta que tienen las nectarinas y ella me responde con un gruñido, parece que no me apetece; cuando me miro tristemente al espejo del ascensor al ir a sacar la basura, con mi moño despeluchado, mi sudadera y mi pantalón de chándal negro, parece que no me apetece…

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Pero vaya si me apetece… Me muero de ganas de ponerme mi mono negro y unas sandalias de brillantes y meterme en un antro a escuchar house hasta las 6 de la mañana; de coger el coche e irme un finde a otra ciudad, no sé cual, y no volver hasta el lunes, o el martes, o cuando me apetezca; me muero de ganas de bailar en una nave industrial mientras pinchan 2ManyDJs (y que el cielo me perdone por perdérmelos hoy en Coruña) y me olvido de que tengo ojeras, un agujero en la cuenta bancaria y ocho kilos de más; me muero de ganas de perder el norte y recuperarlo unas horas después… y coño, soy madre, y tengo 28 y no 22, pero me rindo a la evidencia: siempre me voy a morir de ganas por hacer esas cosas. Tenga 1 hija o tenga doscientas. Tenga 22 años, 28 o 32. Por mucho que las madres del parque me miren raro. Por mucho que mi chico me diga “ya no tenemos edad para eso”. Por mucho que la gran mayoría de mi entorno y fuera de él me mire y piense: “a dónde va esta muchacha, si ahora tiene una hija“…

Qué cansinos son esos que quieren hacer de suaburridísima poco cambiante rutina la rutina de todos. Desde aquí se lo digo a riesgo de que me miren mal desde la cola del super, desde el sillón de la pelu mientras les hacen un corte cómodo o un lavar y marcar, mientras cargan el coche de trastos para dar un paseo dominguero por un lugar lleno de gente hasta los topes, la máxima atracción de su semana apasionante, la semana que quieren también para mí.

Desde aquí se lo digo: no tengo 22, pero como si los tuviera.

Biquiños, chicas, y ¡disfrutad, que es sábado!

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