Septiembre, el amarillo y un trabajo

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SSLM. Porque yo también quiero una rutina a la que volver…

patos1-550x252Septiembre, para casi todo el mundo, es como el momento en el que vuelves a casa después de salir un sábado por la noche. Es ese momento en el que vas dando cabezaditas en el asiento de atrás mientras los grandes éxitos musicales de los 80 suenan bajito en la emisora del taxi. Te lo has pasado genial, pero lo único que te apetece es pagar al taxista, entrar en casa, picar algo en la cocina y meterte en la cama…

Septiembre es la vuelta a casa después de un verano incansable: la vuelta a la rutina, a lo calentito del hogar y a lo de todos los días. Para mí, es el mes amarillo que viene después de agosto, que es rojo. Septiembre es el mes de formar hileras para entrar en clase, de las hojas con olor a nuevo llenas de actividades pendientes y de las listas de objetivos: “este curso voy a ir al día”“mañana empiezo el gimnasio”, “a partir de ahora, fuera coche: iré a pie a la oficina”.

Es el mes de las limpiezas generales, en el que los recibidores se llenan de bolsas de ropa para donar o de las cosas de la playa, que hay que subir al trastero. En septiembre el calor no es agobiante (por eso es amarillo) pero el sol todavía acaricia lo suficiente como para ir a pasear descalza por la playa, en esos 15 minutos de gloria que hay entre que terminas de hacer la compra al salir del trabajo y llega la hora de ir a buscar a la niña a la guardería.

Septiembre es así… para la mayoría. En mi caso, no puedo evitar que me invada el agobio de siempre. No es el dinero, de momento. No es la salud, que la tengo de hierro (obviemos mi estómago espasmódico), ni tampoco es mi familia, que es adorable. No me agobia que después de este septiembre amarillento vaya a asomar, como siempre, un octubre con tendencia al marrón oscuro, y luego noviembre con su habitual gris que me hunde en un negativismo casi patológico año sí, año también. No es nada de eso…

Mi preocupación constante desde hace meses, que se acentúa con la llegada de septiembre, es que no encuentro un trabajo. O mejor dicho: que no encuentro el trabajo. Porque llamadas para disfrazarme de heladera y repartir yogures junto a un arcón congelador, sí, muy de vez en cuando, pero alguna cae (y oye, no está la cosa como para decir que no). O para promocionar aparatos de fontanería en puntos de venta especializados, donde el frío y la indiferencia son la constante de todas las mañanas.

Lo que yo busco, y no creo que sea la única que busca algo así, es el trabajo. Un trabajo de lo mío: contando cosas por escrito, investigando, aprendiendo, comunicando y comunicándome con la gente, intercambiando experiencias que me hagan crecer y que ayuden a crecer a mis compañeros, creando… no quiero ser pesada porque cualquier periodista parado al que se le pregunte os dirá lo mismo. Cualquiera. Y somos muchos.

Que conste que por si acaso aparece esa oportunidad, yo también organizo mi septiembre con una lista de quehaceres: el grado y el posgrado que voy sacando a poquitos, la casa (maldita casa…) y la criba de buscadores de empleo ocuparán mis mañanas y parte de mis tardes, y la peque el resto del tiempo. Y así pasará el otoño y llegará el invierno, tan gris como siempre.

Pero no adelantemos acontecimientos, estamos en septiembre… y voy a darle al amarillo una oportunidad. Otra.

¡Deseadme suerte!

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