Aunque no sea hoy (o qué hacía yo antes)

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SSLM. Uno de los mil títulos de mi colección de diplomas es el de “Experta en Cooperación Internacional y Gestión de ONG”. Como cualquier diplomilla de los que se dan al terminar un curso, miente: donde dice “experta en”, debería decir: “muy interesada en llegar algún día a ser experta en“. Y para llegar a soñar con serlo, además de las horas en un aula escuchando a auténticos expertos en Cooperación, hace falta pasar al menos una temporadita, como ellos dicen, “en terreno”. Y en esas estaba yo hace dos años, en 2011, cuando mi contrato de becaria en una institución estaba a puntito de terminar y sentía por dentro un runrún continuo, un susurro que me decía “aquí has terminado, a otra cosa, Blan. A otra cosa, Blan. A otra cosa, Blan…”.

barco-550x252Un día de abril, en la mesa de mi oficina, me estudié a la hora de comer varios programas para cooperantes (en concreto, uno que no ha vuelto a salir, víctima supongo de los recortes atroces…) y comprobé que aceptaban periodistas, que yo daba el perfil; que era real, posible y probable que yo pudiera participar en un programa de desarrollo en Guatemala. Tenía los papeles preparados para entregar y también tenía asumido que 9 o 10 meses lejos de todo, ayudando a los demás, también me ayudarían a mí. Entre caña y caña se lo contaba a mis amigos; mientras iba a correr por las noches pensaba en todo lo que iba a vivir; disfrutaba mi vida sabiendo que estaba a puntito de empezar la experiencia vital que siempre había deseado, a pesar de los recelos de mi entorno.

Pero como decía mi abuela, la vida da giros repentinos. De repente, me enamoré de verdad. Y de repente, me quedé embarazada. Y fui madre. Y mi vida cambió. Sí, lo reconozco: ser madre ha sido genial, lo mejor que me ha pasado en la vida… pero inevitablemente tengo la sensación de que también ha sido lo único que me ha pasado. Me ha dejado en pausa. La maternidad ha completado una parte importantísima de mí, me ha definido como persona hasta límites que no conocía, me ha hecho conocer la felicidad en una sonrisa, un gesto, una mirada de mi hija… pero todavía hoy, en paro, sin haber viajado lo que quería viajar, sin haber tenido todas las experiencias que quería tener, siento que estoy frenada, anquilosada, totalmente atada de pies y manos. Y no es algo que me disguste, no… ni mucho menos, pero es algo que inevitablemente choca con mi naturaleza, y no dejará de extrañarme que lo que antes era un runrún continuo al que siempre hacía caso, que me instaba a dar pasos, a cambiar de aires, a salir de aquí para volver como la persona que siempre quise ser, ahora suene mucho más lejano y solo lo pueda escuchar si pongo mucha, mucha atención. 

Pero bueno, una sigue siendo la misma para bien y para mal, así que continúo con la llave en el contacto preparada para arrancar. Sé que no va a ser hoy, ni mañana, ni dentro de un mes… pero también sé que eso tiene algo bueno: no voy a estar sola, los hijos son para siempre. Tanto mi plan de pasar una temporada en Guatemala, como las ganas de viajar, de aprender, de hacer cosas nuevas en sitios nuevos, han quedado “para después”. Por eso me enfado tanto conmigo misma y con el mundo cuando soy consciente de que hay que ser realista: hay cosas que no, que no las he hecho, y que ya no las voy a hacer. Por eso me enfado tanto cuando soy consciente de que mis sueños, de momento, son míos y de nadie más, que muchos de ellos no he sabido hacerlos comprender, no he sido capaz de contagiarlos ni de compartirlos como pensé que lo haría… de momento, porque mi hija está ahí, mirándome, esperando a que le explique, porque a ella sí que le interesarán, las cosas geniales que su mamá quiere hacer, y hará, en el futuro.

Porque si hay algo en lo que no he cambiado es en que, tanto antes como ahora, lo que mueve mi mundo es la certeza absoluta de que todas muchas de esas cosas las voy a hacer realidad.

Aunque no sea hoy.

Un beso, Mireia, y gracias por ayudarme a soltarlo ;)

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