La aldea… welcome to estrés-paradise

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flores-300x227SSLM. No hay nada como abrir la ventana una mañana soleada en una casa de aldea y que un arañón de 20 kilos que estaba aposentado en el marco, tomando el sol tan tranquilo, te caiga en el brazo y lo recorra de mano a codo antes de caer al suelo, haciéndote gritar de emoción al tiempo que alcanzas un zapato y lo aplastas con todas tus fuerzas… vale, no parece una estampa idílica, pero el estrés existe incluso en las aldeas más remotas del mundo, tal es el caso de la nuestra.

Estos días que el padre de Eva aún no tiene vacaciones, estamos pasándolos ella y yo entre nuestra casita y la casa de mis padres. Las dos casas están en la misma aldea, que está a su vez en A Mariña lucense, a 90 kilómetros de Lugo. La nuestra es una casa blanca con ventanas verdes y las habitaciones pintadas de amarillo, azul y verde. Yo siempre la llamo la Casa de Colorines. Tenemos un pedazo de jardín en la parte de atrás que tiene manzanos enfermos… Sí, enfermos de algún tipo de enfermedad que hace que las manzanas que dan sean minúsculas, pero eso sí: comestibles y muy, muy ricas. Las que no tienen gusanos.

aldeaPorque no todo en la aldea son estampas idílicas. No siempre sale una a desayunar al jardín y se sienta pacíficamente a observar las plantas que con tanto cariño plantó la madre de una en los tiestos de la entrada, mientras degusta un maravilloso café… no, señoras.

Salir al jardín a desayunar con mi librito y mi café es mejor que desayunar mirando por la ventana del piso de Coruña, pero siempre he de contar con que alguna desventura me aceche al otro lado de la puerta. Puede que encuentre un malvado caracol dándose un festín con las hojas de mis plantas, y que tenga que cogerlo y lanzarlo a mil metros antes de entrar en casa a por el matacaracoles; o que tenga que defender mi tostada con mermelada de fresa de una insistente avispa. O puede que haga un sol achicharrador y me queme el culo al sentarme en la escalera de piedra de la entrada… algo. Algo ha de pasar.

Y las noches son parecidas. Dormir en la aldea tiene un punto, para qué negarlo, aunque a veces el sonido de cientos de miles de grillos se haga muchísimo más insoportable que veinte ambulancias y treinta camiones de la basura de los que amenizan nuestras noches urbanas. De noche hay más cosas que se pueden hacer, aparte de dormir… pero no es tan fácil. Por ejemplo, sentarse a ver las Perseidas con tu novio en la parte de atrás, cuando la peque por fin se ha dormido, en el fondo es complicado… y no solo porque tu novio tiene sueño y pasa de Perseidas (entre otras cosas)  o porque tu peque no lo tiene y pasa de dormirse, sino porque los bichos nocturnos en la aldea son pa verlos. Aquí en mi aldea remota de Foz Galicia tenemos tres insectos estrella, a saber:

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– Las paponas: son pequeños bichos negros que vuelan y corren a mil por hora, que tanto se te meten por el cuello del jersey como en la chancla como se posan en tu cabeza haciendo que tengas que sacudir la melena cual Mick Jagger para deshacerte de ellas, dejándote aun así la sensación de que estás cubierta de bichos durante dos o tres horas. O días.

– Los escornabois: sinceramente, en español no sé si tiene traducción ese nombre, pero el nombre gallego se traduciría como algo similar a “descalabra-bueyes”… para que os hagáis una idea. Son bichos negros, voladores, que pueden llegar a medir hasta 6 o 7 centímetros si sumas el cuerpo a los cuernos, o pinzas, o lo que quiera que sea el armamento que llevan en la cabeza. Si te enganchan con las pinzas… adiós, puedes estar con el bicho pegado el día entero. A mí me dan un asco indescriptible.

– Los saltamontes gigantes verdes. O cigarras, creo que se llaman… son eso: saltamontes, gigantes, y verdes. Saltan muchísimo y eso es lo que me da a mí más grima: que no controlo su ubicación y tanto está posado en el parabrisas del coche aparcado, a tres metros de donde tú estás disfrutando de tu cerveza y tus aceitunas, como de repente de un saltovuelo se planta en tu cabeza, tu mano, tu lata o tu aceituna. En realidad estos bichos los hay también de día, pero de noche me tocan más la moral, será que estoy más sensible…

Estas tres especies de insectos son los que a mí me amargan las veladas en la aldea… al menos de puertas para fuera. Porque dentro de casa, ahora, tenemos otra cruz… bueno, otras dos. Una de ellas son las carcomas. Las carcomas son unos bichos pequeños que se dedican a comer madera y, durante un par de meses al año (estos), suponen una auténtica invasión… a veces, noto alguna corretear por mi pierna a las 6 de la mañana y ha llegado el punto en el que me da igual y paso de sacudirme: así de acostumbrada estoy a ellas. Porque sí, pueden dar asquito y grima, pero el problema de las carcomas, el que a mí me agobia, es el no poder evitar pensar lo siguiente cada vez que veo una: “tú, put*, y tus miles de millones de congéneres, estáis comiéndoos mi casa lenta pero inexorablemente, tablón a tablón, y llegará el día en el que el techo caiga sobre nuestras cabezas por vuestra culpa”. Como diría Abraracurcix, eso no va a suceder mañana, pero algún día…

Estas son las vistas desde el balcón de la habitación de la peque. Qué bien dormiría Eva en ella… si no fuera por la Bat-Rave del falso techo.

Estas son las vistas desde el balcón de la habitación de la peque. Qué bien dormiría Eva en ella… si no fuera por la Bat-Rave del falso techo.

Y la otra cruz son los murciélagos. Ya os había hablado de ellos: habitan el falso techo de mi casa haciéndonos imposible la vida en el piso de arriba, pero no porque ellos puedan acceder a la zona habitada por seres humanos, no. La vida en el piso de arriba es imposible porque los murciélagos son de los bichos más ruidosos que existen. No me preguntéis cuántos hay, ni a qué se dedican allí arriba, pero cada vez que corren de un extremo a otro del falso techo tiembla la casa entera, y están haciendo ruido de 9 de la noche a 7 de la mañana. Dan golpes, emiten grititos, ruedan por el suelo, se pelean… una rave en toda regla, a veces dan ganas de unirse a la juerga, abrir la trampilla que da al falso techo y subir con una botella de ron y un par de sesiones de 2ManyDjs a animar el cotarro.

Lo dicho, chicas… esto nos pasa por venir a la aldea. Estoy tomando nota de destinos baby-friendly en las webs BabyRuralBienvenidos a Lilliput y BabyViajes para que, el año que viene, y si consigo encontrar un curro y ahorrar unos eurillos, nos vayamos de vacaciones a algún sitio chulo para ver las Perseidas tomando un vinito, desayunar tranquilamente en el jardín o disfrutar de un sueño reparador en silencio absoluto… es decir, para escapar unos días de la estresante vida en la aldea.

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