A miña casa

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SSLM. Escribo este post desde la habitación de la residencia en la que ha estado estas semanas mi hermana, en Cambridge. Ella ha ido a devolver su bici alquilada y, después, vendrá a terminar de hacer la maleta y llevaremos todo a mi hostal, donde dormiremos las dos esta noche para volver mañana pronto a nuestra casa.

Nuestra casa, a miña casa, Galicia, de la que yo hacía varios años que no salía. La última vez que había cogido un avión fue precisamente para venir al mismo sitio, a Cambridge, embarazada de 5 meses. Entonces, me pasé el viaje y la estancia hablando con mi barriga, contándole mil cosas, haciéndole de guía turística y dándole mimos a través de mi ombligo.

Esta vez, cuando cogí el avión, era consciente de que, por primera vez, estaba separándome miles de kilómetros de mi peque. Me acojonó mucho la sensación… me anudó la garganta unos minutos pensar que, si pasaba algo, miles de kilómetros de tierra y de agua me separarían de mi neni. Pero luego se impuso mi “yo” verdadero, el optimista, el que confía ciegamente en los abuelos y en papá, el que sabe que no tiene por qué pasar nada, el que valora los minutos que pasa con su hija, pero también los que pasa a solas, el “yo” que sabía que un par de días de desconexión se empezaban a hacer muy, muy necesarios. Y viajé, feliz. Y llegué a Cambridge, feliz. Y me encontré con mi hermana, feliz. Y fuimos a cenar a un italiano, felices.

Y de repente, una conexión wifi nos permitió asomarnos al WhatsApp y el nudo en la garganta me hizo tragarme la felicidad al empezar a recibir mensajes de amigos gallegos contándonos la terrible noticia, y de amigos de todo el mundo preguntándonos si estábamos bien: que había habido un accidente, que si había sido cerca de casa, que si había afectado a alguien conocido, que si… que si…

Vivo relativamente cerca del lugar del lugar del accidente, y qué impotencia sentí por estar lejos y no poder ir a donar sangre. Qué indignación al ver algunas portadas, algunos titulares. Qué dolor ver las imágenes, escuchar las historias.  Qué pena más enorme leer la lista de fallecidos… Y qué agobio pensar que mi hija estaba a unos kilómetros de semejante infierno y yo no estaba cerca de ella. Me hizo darme cuenta del terror que tengo a que cualquier día no tengamos tanta suerte. De que cualquier día la desgracia asome a nuestras vidas y las rompa. He sido más consciente que nunca de que si un día pasa algo y no la tengo al lado, me moriré de pena.

Pero la vida sigue y no podemos dejarnos llevar por el pánico y la tristeza. Y ante todo, debemos mirar lo bueno: la solidaridad de la gente, la cobertura de algunos medios, la grandeza de los bomberos, los médicos, los vecinos… todos los que viven a pocos kilómetros de donde yo vivo y estos días tuvieron la tragedia pegada a la piel las 24 horas.

Desde la ventana de la habitación de mi hermana, en la que estoy, veo a unos niños jugando en el patio de la guardería. Sí, la vida sigue. Me lo he pasado en grande en Cambridge… pero qué ganas tengo de volver a mi casa.

De voltar á miña casa, e abrazar á miña nena.

Porque si, a vida sigue… Aínda que en Galicia chovan bágoas.

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