Los momentos independientes, la mejor terapia

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SSLM. Mucha gente dice que las madres hablamos siempre de lo mismo, y parte de razón tienen: que si le sale el primer diente, que si aún no anda, que si ya dice “taaaaa-taaaaa-taaaaa”… a las personas ajenas a nuestra familia es muy fácil que esto no les impresione en absoluto, pero nosotras nos empeñamos en gritarlo a los cuatro vientos. Y mola, oiga.

Otra de las cosas que molan de ser mami son los momentos de limbo, a los que yo llamo momentos independientes… pero no me entendáis mal, no me refiero a momentos en los que tiramos de abuelos. Son otra cosa. Yo los bauticé así hace meses cuando empecé a distinguir ciertos momentos del día de otros… Los momentos independientes son esos ratitos que vivimos desde que somos madres, en los que estamos solas pero no lo estamos. Ratitos en los que, por lo que sea, no estamos pegadas a nuestros bebés pero sentimos esa sensación genial de que siguen aquí al ladito y que en 3… 2… 1… vamos a escuchar “¡taaaaa-taaaaa-taaaa!” y tendremos que ir corriendo a comérnoslos a besos.

Un ejemplo clarísimo son los sábados por la mañana. Antes, si no trabajaba ese día, me pasaba las mañanas de sábado tanteando el cajón de la mesilla en busca de un ibuprofeno. En el mejor de los casos, madrugaba para ir de compras con mi hermana, o de vermouths con mis amigas. Ahora, aunque alguna que otra a la antigua usanza cae (y es bienvenido, que una lo lleva en la sangre), los sábados por la mañana son para levantarme despacio, hacerme mi café, escribir mis posts y esperar pacientemente a que mi chico y mi chica hagan su aparición por la puerta del salón, despeinados, somnolientos y sonrientes.

Otro momento independiente que no se compra con oro lo vivo cuando dejo a la niña con mis padres y voy al baño a maquillarme para salir después un rato de cañas con mis amigas. Ese momento en el que escucho balbucear a mi peque en el salón, jugando feliz con sus abuelos, y tengo la tentación de dejar las cañas para otro día y quedarme con ella en casa para jugar a tirar juguetes lo más lejos posible y luego ir a buscarlos gateando.

avion-2013-06-01-a-las-11.33.02-550x252Y también hay momentos independientes, sorprendentemente, durante los viajes con ella en coche: cuando se duerme y yo voy escuchando mi música bajito y mirando de reojo sus manitas asomar del Maxicosi. En esos momentos sé que falta 3… 2… 1… para que empiece con su “¡taaaa-taaaa-taaaaa!”, y sé que tendré que pasarme el resto del camino jugando a los animalitos para entretenerla (“¿Cómo hace el pajarito? ¡Pío, pío, pío! ¿Cómo hace la vaca? ¡Muuuuuu!, ¿Cómo hace el perro? ¡Bau, bau, bau!”… y así. Qué os voy a contar que no sepáis…).

Es curioso, porque en las primeras semanas después de parir, la sensación que tenía cuando ella dormía era de agobio por lo que venía después. Agobio, porque sabía que el 3… 2… 1… me traería de nuevo a la vida real, a los llantos y a los “socorro, no sé qué hacer ahora”. Ahora, los 3… 2… 1…, las cuentas atrás para volver a escuchar los balbuceos de mi neni, son de los momentos más felices del día, con diferencia.

Precisamente ahora estoy empezando a escuchar un “¡taaaaa-taaaaaa-taaaaa!”, así que aquí termina mi post de hoy.

Que tengáis un sábado genial.

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