Los días de Murphy

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SSLM. Yo, que soy un poco supersticiosa, creo que todo empezó el pasado martes, 30 de abril, cuando entré en tropel a la cocina mientras mi novio fregaba unas cucharas y le dije a grititos “¡qué bien, mañana no trabajas!”. Error. Si algo he aprendido es que la alegría es mejor compartirla en voz bajita, porque si no Murphy es capaz de percibirlo con ese oído ubicuo del que hace gala y dedicarse en cuerpo y alma a urdir un plan para jod*rte bien jod*da.

El día 1 de mayo, Día del Trabajo, teníamos una comida familiar con padres, hermanos, tíos, primos y demás familia de mi novio. Comemos muchas veces con mi familia, pero a la de mi chico es más difícil juntarla, así que nos hacía mucha ilusión pasar el día con ellos. Al irnos a dormir, me noté un ojo ligeramente irritado… “cosa de las lentillas”, pensé, y me eché un poco de colirio, segura de que no pasaría de ahí la cosa.

A las 7 de la mañana parecía que me habían atacado el ojo un enjambre de abejas. Estaba hecho un auténtico cristo, totalmente cerrado, hinchado y rojo, y yo tenía un mareo del quince y un dolor de cabeza solo comparable a la más traicionera de las resacas. Comprobé que la peque no tenía su dosis de conjuntivitis galopante (siempre vamos a la par en cuanto a enfermedades) y, olvidándome definitivamente de participar en las manifestaciones del 1 de mayo, esperé pacientemente a que abrieran las farmacias de guardia para dedicar mis 15 minutos de mañana libre a comprarme un tubito de eritromicina.

Postrada y con los ojos medio inútiles me dio la 1 de la tarde, y la peque se emberrinchó como nunca de hambre… ¿de hambre? Pues no, porque después de comerse su puré descubrimos que el berrinche no remitía, que estaba calentita y mimosa, y que parecía tener unas décimas y dolor de barriga. Aun así, y tras calmarla con una dosis de Apiretal, nos disfrazamos de personas y fuimos a hacer acto de presencia a la macrocelebración familiar. En 15 minutos, lo que duró la siesta de la peque, ya estábamos las dos huyendo a casa: una con una llorera impresionante y alguna decimita más de fiebre, y la otra con un ojo palpitante y lloroso y cara de sufrimiento. Pasamos la tarde jugando con papi una, ya sin fiebre; y postrada en la cama la otra, con los ojos emplastados y cagándose en las lentillas, jurando y perjurando que en cuanto pueda, me opero las 8 dioptrías y pico que tengo en cada ojo y me dejo de plastiquitos que solo me traen disgustos, gasto y bacterias.

ojos-vacaEste post se llama “los días de Murphy”, porque soy consciente de que pueden pasarte cosas peores en esta vida. Puede haber días mucho más fastidiados, tristes, cabreantes, incluso temibles… Pero cuando un festivo comienza con mi novio diciendo “qué despropósito de día”, y termina conmigo, cegarata perdida, tratando de terminar mis deberes del posgrado y la prueba de evaluación continua de Derecho Civil a las 2 de la madrugada, pensando “no, este Día del Trabajo no ha sido mi favorito”, realmente me pregunto si no habrá un ente superior mirándonos y haciéndonos putadillas. Me imagino a Murphy subido en su nube: “Mmm… tiene una comida familiar… voy a mandarle una conjuntivitis, que sé que odia llevar gafas y le cabrea mucho no ver nada sin lentillas”, “ahora voy a mandar un par de décimas a la hija, nada grave, solo para asustar”, “ahora voy a cerrar las farmacias de cerca y poner de guardia la de lejos, solo por ver como coge el coche medio ciega, qué gracia”; “ahora, voy a hacer que la conjuntivitis no se cure en varios días, solo por moler”.

Yo no pasaría un gran Día del Trabajo… pero lo que tengo claro es que a Murphy aún le duelen las costillas de reírse.

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