La aldea… porque es mi habitat natural

0

SSLM. Cuando empecé la carrera en Salamanca, me hacía mucha gracia escuchar cómo los estudiantes decíamos “este finde no estoy, que me voy pal pueblo”. Casi podía visualizar a Esteso diciendo esa frase semirrancia y frotándose las manos al pensar en la Ramona… En mi caso, esos findes que huía del ambiente universitario no iba al pueblo… sino a la aldea. La aldea tiene un puntazo enriquecedor que no tiene el pueblo, ni tampoco la ciudad, aunque nos empeñemos en ir en tropel a malvivir en bloques de pisos que más parecen almacenes de seres humanos. Aceras, vecinos gritones, gente pidiendo en las puertas de los negocios, cagadas de perro ultrapisoteadas, flores hipercuidadas, árboles enrejados o bancos en sitios que se suponen agradables… y el ruido. Siempre hay ruido.

mi-casa-de-sanmarUna de las cosas que creo que será más positiva para mi hija Eva es nuestra casa en la aldea. Es una casita preciosa que está situada enfrente a la casa de mis padres y al lado de la de mi tía, en un valle atravesado por un río y plagado de árboles, arbustos y toda cuanta vida verde podáis imaginar. Cuando vamos, me encanta tomarme mi café mañanero y desayunar manzanitas de las que nacen en nuestro jardín de atrás. En primavera es alucinante: todo se vuelve luminoso, lleno de flores y de vida, el río suena más, los árboles crujen y los animales campan a sus anchas.

Y cuando digo a sus anchas, quiero decir exactamente eso: entran y salen a placer incluso en nuestra casa, o en este caso en nuestro falso techo, en el que tenemos una ruidosa colonia de murciélagos asentada. De momento, no han invadido la parte de la casa habitada por seres humanos, pero desde hace unos años crían todas las primaveras y cada vez son más. Se acerca mayo, y ya me parece estar escuchando el estruendo de patas, chillidos, revolcones y peleas con el que nos deleitarán nuestros vecinitos de arriba los findes que podamos escaparnos a la aldea.

Puede que la estampa bucólica que empecé a pintar al principio de este post se haya ido desvaneciendo a medida que leíais… es cierto que las casas de campo tienen sus inconvenientes. Yo, personalmente, sigo prefiriendo el ruido de los murciélagos en el falso techo en mi casa de aldea antes que las discusiones malrolleras a voces de los vecinos de arriba, en nuestra escalera del edificio 1 portal 3.

Creo que es porque, en el fondo, soy la mujer de los sueños de Fernando Esteso…

¡Gracias por comentar!