Los zancos

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SSLM. Veo que muchas mamás consideran una muestra de que su feminidad sigue viva el ser capaces de realizar la grandísima hazaña de subirse a unos tacones de 15 centímetros. Tiene gracia: yo nunca en la vida he sido quién de hacerlo… ni en bodas, ni en graduaciones, ni mucho menos para irme de fiesta una noche cualquiera, sabiendo que con tres copas me caigo hasta de las bailarinas. Pero, a pesar de que me siento muchísimo más femenina con un pijama viejo de ratoncitos que con unos tacones de aguja, confieso que no han sido pocas las prácticas que he hecho apoyada en las paredes del pasillo y encaramada a lo que, para mí, son postes de la luz colocados bajo mis pies… más que nada porque, muy a mi pesar, los pijamas de ratoncitos no se estilan en eventos elegantes.

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Dicho esto, y como muestra de mi terca perseverancia, os cuento que ayer me compré los zapatos de la foto para la graduación de mi hermana pequeña. Pensé que la ocasión, además del vestido verde que me disimula las caderas y realza mi figura, lo merecían, y allá me fui con mi santa madre en el papel de personal shopper a recorrer zapaterías.

Después de escuchar lo mismo de varias dependientas que, a pesar de ser increíblemente amables, no terminan de comprender mi problema y afirman que “con plataforma es como si no llevaras tacón“, “éstos son muy cómodos, es como ir en plano“, y haciendo caso a otras más inclementes que me dicen que “de ir en cuñas, olvídate. En esos eventos están prohibidas”, decidí echarle un par y subirme en estos zapatitos. Y, oh… ¡milagro! son impresionantemente cómodos. Puedo andar sin parecer una araña temblorosa… al menos los primeros 5 minutos. Así que allá fueron para la saca. Son los terceros zapatos de tacón que me compro en mi vida, y confío en ellos: espero que no sean también mi tercer desengaño taconero.

¿Resultado? Pues aquí estoy, a 15 días del esperadísimo evento, haciendo prácticas con una combinación irresistible de lo que es sexy para la gran mayoría de las mamás, y lo que lo es para mí: los tacones y un pijama viejo de ratoncitos. ¡Y va bien! llevo ya 15 o 20 largos de pasillo y todavía no me quiero amputar ningún dedo.

Y hablando de dedos… ¡crucémoslos! Los de las manos y los de los pies, y oremos porque el feliz día de la graduación no se cruce ningún suelo adoquinado en mi camino.

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