De Cuba a Lugo

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SSLM. Cuando planeaba el viaje de fin de carrera a Cuba, recuerdo que tenía una sensación genial, perfecta, indescriptible… la de estar a punto de ir a donde realmente me apetecía ir, a un lugar nuevo que quería conocer a toda costa. Disfruté de la Habana como nadie, no tanto de Varadero: mi “Todo incluido” incluía también un programa de adelgazamiento intensivo que me río yo de la dieta de la alcachofa… siete kilos adelgacé después de cuatro días encerrada en un baño (nunca bebáis agua del grifo en países tropicales. Aviso: el hielo es agua, y presumo que del grifo).

Cuba fue mi inspiración durante mucho tiempo. Y no solo después de ir, sino también antes, cuando la perspectiva de un viaje tan genial como ese me acechaba a la vuelta de marzo. Precisamente estos días de abril se cumplen cinco años (¡cinco!) de aquel viaje. Una de las cosas que ha cambiado de mi vida, y aún no sé si me gusta o no, es que ya no tengo como ideal de vacaciones un pedazo de viaje con mis amigos a un país exótico… De hecho, llevo varias semanas luchando por un finde con mi pareja en Lugo. Sí, Lugo. “¿No había un sitio menos emocionante?”, se preguntarán algunos, con razón. Pero Lugo fue la ciudad donde conocí al hombre de mi vida, y donde (presumiblemente) engendramos al amor de nuestra vida: nuestra hija. Vamos, que ni Cuba, ni Punta Cana, ni Estambul, ni Praga… Lugo es para nosotros el colmo del romanticismo. Es el sitio al que me apetece ir, y la perspectiva de volver es la que me hace sentir esa sensación genial, perfecta, indescriptible. Pero, reconozcámoslo… Lugo, a pesar de sus tapas gratis, su San Froilán y su muralla, es un sitio normalillo, y eso tirando p’arriba.

La mayor parte del tiempo me mola este cambio en mis apetencias viajeras, porque Lugo es más accesible para una pareja con uno de sus miembros en paro y una hija pequeña. Y si allí somos felices, ¿qué más queremos? Pero confieso que en parte me aturde que mi felicidad haya estrechado tanto su círculo. Que ya no sienta esa necesidad urgente de conocer mil sitios y hacer mil cosas… ¿será que me estoy anquilosando? ¿Será que ya no siento inquietud por conocer culturas diferentes, sitios diferentes, personas diferentes?

Pensándolo bien, el hecho de preguntarme todas estas cosas empieza a hacerme pensar que, aunque la maternidad me ha hecho frenar un tiempo, en el fondo de mi cerebrito están hibernando las mismas ganas que tenía con 22 años de comerme el mundo.  Miedo me da el día en el que despierten…

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