El kit antimocos y una moraleja

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Hay dos cosas que me perseguirán el resto de mi vida: una es la miopía, que me aumentó 1.50 dioptrías en cada ojo después del embarazo, y ya estoy empezando a asumir que cada mes tendré un poco más y no podré operarme hasta dentro de mil años, cuando cada cristal de mis gafas parezca un telescopio. La otra cosa son los mocos. Tengo mocos de octubre a mayo, cuando no es por frío, por alergia, por microlloreras otoñales (¿he dicho ya que noviembre es deprimentísimo?) o por cualquier otra cosa. Son odiosos. Pero tener la nariz atascada hasta el esófago, dormir semiincorporada y sentir la boca más seca que la mojama al tener que respirar por ella todo el día es una auténtica gozada en comparación con que todo eso lo tenga la neni…

Ayer pasó su primera noche de mocos, y nos pilló desprevenidos. Nosotros estábamos todos felices con nuestra casa calentita sin darnos cuenta de que esos calores iban a provocar en la mininariz de la peque un atasco de los que hacen época. Pobre mujer… a las 2, cuando me dormí, le silbaba la nariz y tratamos de solucionarlo con un fogonazo de Esterimar. Funcionó… hasta las 3, que despertó llorando. A las 3.30, otra vez. A las 4.30, despertó con hambre pero no pudo comer por los mocos. Y a las 4.30 empecé a pensar qué podía hacer… esto es: a vagar por la casa haciendo eses con la niña en brazos y lagrimeando de sueño: elevé el colchón de la cuna, abrí ventanas, llené el lavabo de agua caliente, hasta pensé en hervir las hojas de mis pobres orquídeas (a falta de menta…). Al final, acabamos durmiendo las dos en la habitación de Eva, con la ventana abierta (que da al patio de luces y no se oyen los coches), abrigadísimas, yo en su futura cama y ella semiincorporada en su carrito (dios bendiga a Bugaboo). Logramos dormir 3 horitas seguidas.

A las 5 de la mañana, cuando veía a la neni caerse de sueño literalmente, agobiada al darse cuenta de que no podía respirar, hubiera dado un dedo pequeño del pie por tener el kit antimocos con el que nos hicimos hoy: un “aspirador nasal” y, la adquisición estrella, un humidificador que (presumiblemente) nos salvará la vida… O aún mejor: nos permitirá a los tres dormir un poco más.

Y es que noches como la pasada me hacen apreciar todas las demás. Desde hace 6 meses y pico, nunca duermo más de 3 o 4 horas seguidas: me despierto cada vez que la neni tiene hambre por las noches, y me paso el día bostezando, desde que amanece hasta que se hace de noche. Me han salido arrugas nuevas alrededor de los ojos y se me está olvidando cómo era mi cara (y mi carácter) cuando no vivía cansada. Pero hasta hoy no había valorado lo suficiente el hecho de que todas las veces que me despierto durante una noche normal (una, dos, tres, cuatro veces) es para que la neni, medio dormida, se coma su comidita y luego se queda sopa poco a poco en mis brazos, más feliz que una lombriz. Todas las noches normales, cuando después de su toma la dejo en la cunita y la tapo con su manta a las 3, 5, 7 de la mañana, succiona en sueños unos segundos antes de quedarse profundamente dormida, en la gloria, otra vez.

En fin… Las moralejas existen, y por aquí hay una escondida 🙂

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